Del consentimiento y la estupidez

Dietrich Bonhoeffer

Agosto, 2026


 

Imagina despertar un día y darte cuenta que la mayoría de la gente a tu alrededor ya no cuestiona nada; simplemente se deslizan por las pantallas del móvil, reaccionan, repiten lo que oyen, pero no se detienen, no reflexionan, no se preguntan por qué. El filósofo y teólogo Dietrich Bonhoeffer* lo denominó como estupidez colectiva, considerándola como el enemigo más peligroso para la sociedad, incluso peor que la maldad. Con el malvado se puede razonar, combatir o desenmascarar, mientras que, con la persona sumergida en la estupidez dogmática, no hay debate ni discusión pues rechazará cualquier argumento, dada su obediencia ciega y a esa peligrosa complacencia de sentirse validado por la mayoría.

 

El verdadero problema no es que los humanos se hayan vuelto menos inteligentes, es que el mundo moderno ha sido cuidadosamente diseñado para desalentar el pensamiento crítico. El filósofo Chomsky advirtió sobre esto hace más de una década, lo llamó la manufactura del consentimiento. En este ensayo Chomsky reflexiona sobre cómo los medios realmente son un gran aparato de manipulación para convencerte de que lo que te conviene, es lo mismo que le conviene al aparato de poder y a las grandes empresas que dominan la mayor parte de los productos que se venden.

 

Esto lo explica mediante el análisis de que la gran masa de la población, casi el 80%, raramente cuestionan aquello que conciben como "información verdadera", proveniente de los medios formales; esa es la gente manipulable y susceptible a los métodos populistas de comunicación. El otro 20% es la elite, son los pensadores, los escritores, los políticos, la clase educada, los líderes de opinión; pero ellos también juegan un papel al modificar los patrones de consumo de información pues, en muchas ocasiones, también están sometidos a los regímenes comerciales y de poder.

 

 

 

Esto no quiere decir que los medios sean diabólicos, o quieran mentir y engañar deliberadamente, son simplemente un filtro natural del proceso financiero de los modelos de negocio empresarial; y el tipo de contenido que producen debe responder a la lógica del capital y a la declaración de ganancias. Razón por la que cierran la puerta a todas las voces que son divergentes, subversivas, o contrarias a este objetivo.

 

La idea principal de la manufactura el consentimiento como lo plantea Chomski, es lograr que la mayoría ignorante piense que, por voluntad propia, está de acuerdo con la minoría dominante. Se trata de sembrar la semilla de que las ideas son nuestras, como un pensamiento articulado por nuestras propias convicciones, sin la necesidad de pasar por el arduo proceso de argumentación y reflexión para tener una opinión personal producto de nuestro pensamiento crítico.

 

Hay una lógica estructural por detrás del propio funcionamiento mediático, se trata de la lógica del capital y del interés financiero, y esa lógica, aunque silenciosa y sutil, dobla la mano de todas las decisiones que se toman dentro de un medio y acaba perpetuando las condiciones materiales que la permiten y la producen. Hay que recordar que lo peligroso de esto no es no saber qué es lo que está pasando, sino que la gran mayoría, ni siquiera sabe que no sabe lo que está pasando.

 

Cuando las personas consumen sin cuestionar y estan siempre de acuerdo, sin comprender, se vuelven fáciles de manejar e incluso de engañar. Miremos a nuestro alrededor, los algoritmos solo nos alimentan con lo que ya creemos o queremos creer. Las escuelas premian la memorización y la repetición por encima de la curiosidad; las plataformas sociales castigan la duda y premian la subordinación.

 

El razonamiento pausado, tranquilo y profundo ha sido reemplazado por reacciones emocionales instantáneas, esto no es un accidente, es un sistema. Según el neurocientífico Daniel Levitin, existe una razón biológica para que esto suceda. Hoy en día, la persona promedio procesa cinco veces más información al día que hace apenas unas décadas. El cerebro humano no está diseñado para manejar este volumen de información, por lo que busca atajos en lugar de evaluar las ideas. Nuestro cerebro se deja influenciar por las opiniones ajenas: si a miles de personas les gusta una publicación, debe ser cierta; si un titular parece acertado y ha sido compartido por centenares de usuarios, debe ser verdadero.

 

Esto se conoce como prueba social y es uno de nuestros instintos de supervivencia más antiguos, pero en el mundo moderno, se ha convertido en un arma en nuestra contra. Navegamos en lugar de leer, saltamos de pestaña en pestaña, nos cuesta concentrarnos en algo que requiera más de 30 segundos de atención, y éste es el problema: el pensamiento crítico requiere de una concentración sostenida; sin ella, la verdadera comprensión se vuelve imposible. También existe una barrera emocional, pensar y cuestionar a profundidad es incómodo, te obliga a admitir que podrías estar equivocado, desafía a tu comunidad, tu identidad y las creencias sobre las que has construido tu vida. Muchas personas secretamente desean renunciar a su libertad de pensamiento porque la verdadera libertad conlleva responsabilidad, y la responsabilidad es aterradora. Es mucho más fácil repetir un eslogan a coro con muchos, que enfrentarse a una pregunta difícil a solas.

 

Por eso Sócrates, hace más de 2000 años, dijo que la única sabiduría verdadera reside en reconocer la propia ignorancia. Así pues, aquí está la incómoda verdad: el mundo no se está volviendo más tonto, sino más ruidoso, y en medio de ese ruido, el acto silencioso de pensar con claridad, leer algo difícil, cuestionar algo en lo que ya crees, se han convertido en los actos más rebeldes que un ser humano puede realizar.

 

Se trata pues de pensar, reflexionar y escuchar, para poder comprender, cuestionar y analizar.
Y, sobre todo, permítete decir las tres palabras más poderosas de la vida: «No lo sé».

 

 

 

*Dietrich Bonhoeffer (1906-1945), teólogo protestante opositor al nazismo. Fue ejecutado por haber formado parte de la conspiración en el fracasado atentado contra Adolf Hitler el 20 de julio de 1944.


 

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