
Nacida en Bratislava –hoy capital de Eslovaquia– la artista llegó a México en 1975. Su infancia la vivió en Austria, donde estudió la carrera en artes con especialización en escultura. Desde temprana edad, tuvo la intención de venir a México; poco imaginaría que sería para enraizar aquí su refugio. Con México ya en su paisaje, Gerda descubrió un territorigho fértil donde persuadir una disciplina artística tenaz, evolucionando su lenguaje constantemente y sin desistir en la observación de la energía regenerativa de lo natural. Gracias a lo que sucedió en sus primeros años en México, el rumbo de su producción se mantuvo abierta a explorar materiales y técnicas incesantemente. A la par, su invaluable visión en el ámbito de la docencia artística, definió una dinámica de vida que convive con asentar las condiciones de inicio para nuevos participantes del ámbito artístico y de la creatividad.*
Gerda es toda una institución, como artista, como escultora y pionera de muchas técnicas que ella trajo a este país y se lo debemos, pero sobre todo, como maestra y guía. Cientos de artistas han pasado por su taller y sus sabias y estrictas instrucciones. En el arte no hay cabida para el miedo. Hay que aventarse al precipicio de la creatividad, pero antes, hay que conocer los materiales; y los materiales de Gerda están siempre en la naturaleza y ella los conoce.
La obra de Gruber se despliega en un entorno con una tensión apenas visible pero profunda entre la fuerza del volumen y la sutilidad de las formas vegetales. Son piezas que parecen vivas, que sostienen la frescura del instante porque su forma se ha generado en el mismo movimiento del aire que vuela a su alrededor. Es hablar de piezas de tierra en el bosque, de la piedra en el agua y de la madera en la salida del sol, de las que mudan de color en la sombra, de las que se mojan, de las que se mueven con el viento, de las que nadan y de las que son arrastradas por la corriente, se trata de producir objetos a partir de estas experiencias, es la reflexión y el estudio desl entorno que enriquecerán la forma. Es hablar de lo que se siente, se toca y se vive.
En su más reciente exposición titulada Gerda Gruber: Entre verde y agua en el Museo MARCO en la ciudad de Monterrey apreciamos esas esculturas que parecen responder a la verticalidad, al peso y a la ausencia de ornato, lo imagino como un diálogo con el propio entorno. Las hendiduras que huyen de la superficie y las texturas sean opacas o pulidas, en su estado gris o el encalado natural del material –sea madera o textiles– acentúan la austeridad y la energía contenida. El uso de la piedra, directa, dura, y de la madera, suave y receptiva, pone también en evidencia la esencia del material.
El viento, el agua y la tierra participan en un intrincado juego de interacciones. Así como el viento moldea las superficies, generando sombras que se desplazan lentamente y un movimiento aparente en la verticalidad, el agua también interactúa, erosiona suavemente y prepara la longevidad de la pieza. Es un espejo que refleja los tonos claros del cielo. Las sombras proyectadas, a su vez, subrayan la forma durante la luz del día y revelan su riqueza al caer la noche.
Las esculturas de Gerda parecen estar vivas; interactúan y responden. El viento va trazando su sendero en la superficie; la luz la acaricia y se hace sombra; el agua la rodea, corre, acaricia, roza y se aleja; la piedra siente ese roce y lo resiste. Una vez más, el viento esculpe, pero lo hace de un modo tan sutil que parece un soplo. El aire parece atravesar las hendiduras, las superficies rugosas, y todo parece vibrar con el aliento de la vida.
La artista trabaja sobre piedras, madreas y textiles de coloración natural o con la ausencia de color que es la que proporciona el propio material. Los colores no son caprichosos, ni simplemente decorativos. En el color natural se expresa la historia del soporte, la textura, el ritmo y sonoridad que se hallan presentes en el cuerpo escultórico, como adiciones que no pretenden la ampliación o limitación, sino que son provocadas por la selección natural del material.
En el discurso de su obra, las sombras fugaces y las caricias de lo natural se reconocen los ecos y memorias que el tiempo guarda desde los rincones de la tierra. Allí, un árbol se vuelca, lleva por delante su corpulenta raíz y deja al descubierto el recorrido de la vida que Gerda se encargará de recobrar, como un extenso canal en el que la memoria del lugar se deposita silenciosamente. Es el tiempo que reside en una piedra tallada por el agua y termina por desnudarse en un juego de capas y matices, mientras que los musgos y líquenes son tejidos como una alfombra. Dentro de este bosque de esculturas, también se recoge la experiencia, el recuerdo, la memoria, el propio ecosistema oindividual de toda una vida. Cada pieza se eleva en menor o mayor tamaño, en su forma conjugada desde su proximidad con lo vegetal y su fuerza interior responde a la memoria del lugar tallada por la emocionalidad de la artista.
La materialidad palpitante de la piedra vivida en el silencio de la naturaleza, en su soledad, habla de la vida oculta que se muestra cuando se corta, se talla o fracciona, pero su origen se halla en la memoria de quien la esculpe. La interacción de luz y sombra, unida al sentido que la mano de la artista da a cada pieza, va marcando su cuerpo y su atmósfera, a la forma en que se desliza por ella y juega entre sus texturas, la hace vivir con el entorno. La experiencia de lo simple, de lo que no busca lo superfluo, de lo que se apoya en la memoria de lo que ha visto y en lo que ha sentido, también se pone de manifiesto en el gris de una piedra, el en verde de una rama o en el color del barro que no llevan solo un color sino una sinfonía de luz cargada de energía.
La sensibilidad para el color es una de las características que se advierten al ver la obra de Gerda Gruber, donde a cada paso la vista se detiene para percibir un matiz, un tono, una coloración que recuerda a la piel de algunos animales, a una flor, a un musgo, a un tronco o a una sombra. Colores que se ligan a fragmentos en la construcción, en la interpretación de la artista de lo propiamente nacido de la naturaleza.
Gabriela Galindo
Diciembre, 2025
* https://www.marco.org.mx/exposicion-entre-verde-y-agua-gerda-gruber-2025/
Gerda Gruber: Nacida en Bratislava (Austria) en 1940, se formó en Viena (como Gerda Spurey) y llegó a México en 1975, estableciéndose en Yucatán desde 1988. Figura clave en la escultura contemporánea de México desde que llegó en 1975, conocida por su profundo vínculo con la naturaleza yucateca, su trabajo con barro y arcilla, su faceta de maestra y su compromiso con la protección y preservación, explorando temas como la sostenibilidad, el refugio y la identidad migrante en obras que evocan formas orgánicas y ancestrales.
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