
Incluso el árbol que florece miente en el
instante en el que se percibe su florecer
sin la sombra del horror.
Th. W. Adorno
El arte es posiblemente una de las creaciones humanas donde más consistentemente se manifiestan las emociones de forma abierta, aunque no muchas veces clara. Según Levinson[1], muchos teóricos tales como Goodman, Wolheim, Scrutton o él mismo, han reflexionado sobre la expresión individual artística desde la perspectiva de las emociones, en términos ya sea de metáforas, correspondencias, imaginación o expresión.
El arte, visto desde un sentido meramente práctico, nos sirve para narrar el pasado tanto como el presente, así como para evidenciar, confrontar y retratar la sociedad; incluso para denunciar aquello que atenta contra los principios y valores universales. Sin embargo el arte también ha sido un medio de manipulación y aleccionamiento y, en muchos casos, la bandera de grandes instituciones que controlan y dominan los movimientos artísticos para conveniencia de ciertos círculos que atentan el poder social y económico. El arte contemporáneo nos hace conscientes de la distancia que hoy existe entre el representar el mundo y el ir mas allá del límite de la historia. Lo que acontece son elementos híbridos (no puros), ambiguos e interesantes. Según Arthur Danto[2] significa el adiós al sentido de la historia, y es el comienzo de una reescritura, a un permanente intento de testificar aquello que no es escribible, pintable o musicable pero que, a pesar de ello, se sigue escribiendo, pintando y componiendo.
Se ha reconocido desde tiempos ancestrales la función subversiva y reveladora del arte, pero esta transgresión se manifestaba de una manera velada o diluida, como bien lo anota Trías en su ensayo de Lo Bello y lo Sublime; esta "ocultación de lo siniestro" es lo que nos permite apreciar una pieza desde lo "bello" o "sublime", aún cuando nos presentaran las peores tragedias o escenarios de una violencia casi inconcebible (basta recordar obras como "La decapitación de Holofernes" de Caravaggio o Gentileschi).
El problema, como lo sostiene Trías, es que en el arte de nuestro tiempo, esta subversión se ha revelado casi por completo y se manifiesta material y brutalmente tanto en la obra como en el mismo acto creativo. Esto representa un problema fundamental en el arte, en tanto que supone que la obra artística, es artística en la medida que nos produce una experiencia estética. Pero ¿qué significa realmente alcanzar una "experiencia estética"?
Toda obra de arte es la expresión de un estado mental, esto, como lo señala Wolheim, significa que el ser humano tiene la capacidad de "proyectar" sus emociones o fenómenos mentales en un objeto determinado exterior a sí mismo. Este autor sostiene que las emociones se constituyen a través de distintos momentos y sucesiones de la interacción de estados mentales con las disposiciones mentales. La diferencia entre ambos es que los estados mentales son eventos transitorios que componen la parte viva de la mente y los explica a través de la idea del "Flujo de Conciencia" empleado por William James, para advertir el estado dinámico y el constante fluir de los contenidos de la mente. En tanto que las disposiciones mentales las define como modificaciones persistentes de la mente, que involucran la historia y experiencias individuales y que pueden alcanzar un cierto nivel reflexivo.
La experiencia estética es un proceso complejo de interacción entre las condiciones emocionales, combinadas con las historias y vivencias individuales, las condiciones del entorno que rodean al sujeto y los procesos de creación y de percepción. Así, puedo aventurarme a afirmar que el arte se funda en una dimensión aparentemente no conceptual, propia de la experiencia estética, pero requiere de la mediación de los conceptos para ser comprendida. Es decir, el arte es real en la medida que no es real, y está separado de lo meramente vivencial, al tiempo que nos "re-vela" una verdad.
De ahí que el arte, funciona como ese único espacio donde es posible acercarse a las verdades más bellas, tanto como a las más desgarradoras y terroríficas siempre de manera correlacionada con un despliegue del placer. En términos adornianos estamos hablando de la transfiguración del horror hacia un principio estético de estilización. Adorno ve en el arte la presencia inmanente de la historia del sufrimiento y por ende, las obras genuinas representan el estremecimiento del horror más extremo. Basta recordar el comienzo de su complejo ensayo sobre Estética con la contundente frase: "Ha llegado a ser obvio que ya no es obvio nada que tenga que ver con el arte, ni él mismo, ni su relación con el todo, ni siquiera su derecho a la vida."[3]
El arte puede ser y ha sido grotesco desde tiempos ancestrales. Para Bakhtin la concepción de grotesco deviene de una cultura muy antigua y vasta, que contiene sus raíces en las ideas de libertad y espontaneidad populares que se oponen a una cultura oficial impuesta. Esta necesidad de expresión, según este crítico soviético, deviene de la antigua tradición carnavalesca, que contenían los ritos y los espectáculos mágicos y místicos de la Edad Media. Como bien lo apunta José Luis Barrios: "lo grotesco en el carnaval habría que entenderlo como un espacio irruptivo que pone en perspectiva el lugar que tienen las maquinarias de poder, en lo que se refiere a la construcción ideológica de lo grotesco como lugar simbólico de la culpa, el pecado y la caída."[4]
En el arte de hoy, el horror y la fascinación por éste, adquieren un significado inédito que será determinante en la redefinición del sentido de representación en la cultura del siglo XXI. Abre un nuevo territorio de exploración para el arte donde la relación entre la proliferación de imágenes en los medios masivos, el horror inscrito en el cuerpo, así como el cuestionamiento de la manipulación y la condición de objetividad de las imágenes (ya todo es Photopshop), dará lugar a las nuevas nociones sobre la dimensión del horror. Retomando nuevamente a Sontag, en su ensayo sobre fotografía también advierte del peligro de la sobre-mediatización de imágenes.
Trías propone la disyuntiva de que exponer lo que no debemos ver es una transgresión y una confrontación, donde lo siniestro constituye la condición y límite de lo bello. Según el filósofo español, lo siniestro nos remite a una revelación de aquello que debe permanecer oculto. Hacer público lo que debe ser privado (secreto) es siniestro, pero si se nos muestra de una forma "velada o diluida" nos puede llevar a una experiencia estética. Freud sostuvo que lo siniestro es una suerte de terror que se adhiere a los objetos o lugares conocidos y familiares que pertenecen al periodo más precoz del sujeto.
El término de siniestro utilizado por Freud en su ensayo "Das Unheimliche" en 1919, sostiene que unheimliche es la negación de aquello que es familiar, conocido, hogareño, íntimo (heimlich). Sin embargo lo siniestro, también hace referencia a algo que da miedo —de aquí su relación con el terror—, es decir, enterarse de algo que no se quiere conocer da miedo. Heimlich, es también algo secreto, oculto, una cosa que los demás no advierten, situaciones clandestinas, partes del cuerpo íntimas. Por ello negar lo íntimo, revelar lo oculto es algo inquietante y provoca horror. Como cita Trías: "unheimlich, es todo lo que debiendo permanecer secreto, oculto no obstante se ha manifestado. (...) Algo que al revelarse, se muestra en su faz siniestra, pese a ser, precisamente por ser, en realidad en profundidad, muy familiar, lo más propiamente familiar, íntimo, reconocible."[5]
Entandamos entonces que el arte no es la realidad, es la apariencia de una verdad que funciona como un testigo virtual de un mundo que puede ser tan violento que no resistimos verlo en directo. El éxito del arte depende, no de la demostración de hechos, sino del poder de expresión de verdades históricas a través de representaciones estéticas. Ciertamente el arte, a través de la historia, ha fungido su papel revelador con airosos aciertos y sí, también rotundos fracasos. Recordemos la famosa referencia de Arnold Hauser19 que sostuvo que las obras de arte son provocaciones con las cuales polemizamos aún cuando no podamos explicarlas. Las interpretamos de acuerdo con nuestras propias finalidades y aspiraciones y les trasladamos un sentido cuyo origen está en nuestras formas de vida y hábitos mentales. El arte es considerado justamente como la capacidad de expresar lo inexpresable, de decir lo que no puede ser dicho. Pero Adorno ya había apuntado el peligro de caer en una especie de "consuelo dominical". El arte, nos dice, surge del mundo empírico y produce un mundo con una esencia propia y tiene "que dirigirse contra lo que conforma su propio concepto, con lo cual se vuelve incierto hasta la médula."[6]
NOTAS
Gabriela Galindo: Ciudad de México, 1962. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM) y en la Escuela de Diseño y Artesanías (INBA). Es Maestra en Filosofía y es candidata a Doctora en Filosofía, en el área de Estética. Ha trabajado por más de veinte años en el área del diseño editorial impreso y digital. En 1995 fue una de las fundadoras de la Editorial Tule Multimedia, empresa pionera en la edición electrónica y proyectos multimedia. En 2003 recibió una beca para participar en el programa de Residencias Artísticas de la Scuola Internazionale di Grafica di Venezia, donde realizó una especialidad en impresión gráfica y grabado. Fue una de las fundadoras y colaboradora de la revista electrónica sobre artes visuales Réplica21 que se mantuvo en línea por más de 18 años. Actualmente es la fundadora y coordinadora editorial de El Rizo Robado.
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