William Blake
Hay referentes dentro del arte, la literatura o la filosofía que son inevitables, a pesar de ser enormemente trillados, siempre volvemos a ellos. En filosofía, nadie se escapa de citar a Platón, en literatura suele ser Shakespeare o Cervantes; o en terrenos latinoamericanos será Borges o Cortázar y, cuando hablamos de arte contemporáneo, sin duda es Duchamp (aunque Danto diga que es Warhol). Pero hay algunos otros que son, o más irreverentes o demasiado populares, que muchos evitamos para no ser catalogados como perezosos mentales. En filosofía podemos casi asegurar que el más citado, al tiempo que ha sido el menos leído, es Friedrich Nietzsche.
En términos generales se dice que la filosofía de Nietzsche gira en torno a la "voluntad de poder", entendida como una fuerza vital de crecimiento y superación, y al concepto del superhombre, un individuo que crea sus propios valores y asume la responsabilidad de su existencia. También exploró ideas como la dialéctica entre lo apolíneo y lo dionisíaco, el eterno retorno y la necesidad de una vida más allá del bien y del mal.
Es enorme la influencia de este pensador en el desarrollo de ciertos conceptos que actualmente utilizamos casi como denominador común, de ahí que nos vamos a detener brevemente en el análisis de los efectos del poder y la voluntad.
Para Nietzsche el arte es la verdadera actividad metafísica del hombre. El problema filosófico del arte se centra en la relación arte-mentira. En el prólogo de La Gaya Ciencia, Nietzsche dice: "nos horroriza ese mal gusto, esa voluntad de verdad, de 'la verdad a cualquier precio', ese delirio juvenil en el amor de la verdad; somos demasiado aguerridos, demasiado graves, demasiado alegres, demasiado probados por el fuego, demasiado profundos para ello... "[1].
Las artes son entonces recuperadas como una especie de "culto de lo no-verdadero". A la manera platónica, Nietzsche considera las artes como aquello que no reflejan la verdad, sino que la oscurece y hace que los hombres se alejen de ella. Pero a diferencia del filósofo griego, esto para Nietzsche no es algo que nos impide el conocimiento, sino por el contrario, justamente por su carácter de "mentiroso" el arte será el verdadero reflejo de lo real, porque el mundo está plagado de mentiras. Es la verdad de la apariencia, de aquello que para la metafísica es la no-verdad, por lo tanto, mentira; y por otra parte, el carácter de velo, de ocultamiento de esta verdad de la apariencia que reviste la Verdad metafísica. El arte entonces será la representación de "la verdad de la no-verdad". O bien en palabras de Deleuze: "para él no se trata de poner en duda la voluntad de verdad, no se trata de recordar una vez más que los hombres, de hecho, no aman la verdad. Nietzsche pregunta qué significa la verdad como concepto, qué fuerzas y qué voluntad cualificadas presupone por derecho este concepto. Nietzsche no critica las falsas pretensiones de la verdad, sino la verdad en sí y como ideal"[2].
Por otro lado, Nietzsche advierte que los procesos domesticadores constituían la técnica básica practicada por los hombres de poder para dominar y controlar. En una sociedad donde los sistemas morales/religiosos han perdido su influencia, los parámetros externos que garantizaban las orientaciones morales habían quedado anulados.
Las especies no van creciendo hacia la perfección, mucho menos el hombre, especie donde los débiles (de razón) dominan una y otra vez, ya que ellos son los más astutos y sagaces (entendiendo por astucia el cálculo, la manipulación y la simulación). Hay que tener necesidad de la astucia para llegar a adquirirla –se la pierde cuando no se tiene necesidad de ella: quien tiene fortaleza (de espíritu) prescinde de la astucia.
Nietzsche establece una vinculación entre el concepto de "vida", "salud" y "voluntad de poder". Para Nietzsche el problema consiste no en determinar qué reemplazará a la humanidad, sino en qué tipo de hombres se debe criar, cual será el tipo más valioso, el de más alto rango, el más digno de vivir, el más seguro (mejor provisto) para el futuro.
La catástrofe provocada por la pérdida de valores y la ausencia de sentido harán que el ser humano, para ocultar la angustia que ello le provoca (el horror al vacío), se invente para sí mismo el ideal ascético, el cual le proveerá de una razón y un poder. El ideal ascético representó entonces una especie de sustento de su sufrimiento; se convirtió en un "sentido de vida". Pero en el fondo es una autocontradicción, una "vida contra la vida". Ni la pobreza, ni la humildad, ni la castidad conducen al hombre a ningún bien, solo son falsos ideales que "empequeñecen al hombre para reducirlo a una simple masa de carne y huesos obediente". El sacerdote ascético (fomentador de vicios de contención de los impulsos y condenación de los mismos) como el sacerdote no-ascético (fomentador de vicios libertinos) quieren dominar el rebaño ya sea dando o arrebatando. El asceta, será entonces el depositario de falsos ideales, es la "sombría forma larvaria", como diría Nietzsche, pero eso sí, al él hemos de agradecerle todo tipo de filosofías, hemos de quererle como a un padre y como a una madre a la vez, pero también enseñarle nuestros dientes y decirle que es nuestro enemigo y nuestra «mala conciencia».
[1] Nietzsche, Federico. La Gaya Ciencia. ["Prólogo a la segunda edición". § 4]
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