Hace tres años debía caminar media hora a través del bosque para llegar a casa de Aslan – mi hijo, entonces de seis años– y su madre. En la época en que las lluvias eran más aciagas, había un recodo que se anegaba seriamente. Para mi comodidad y la de otros transeúntes, cada día colocaba una piedra sobre el camino empantanado, hasta que terminé formando un puente. Aslan acarreó varias de las piedras. El ejercicio, antes que enseñarle al niño rudimentos de ingeniería, terminó por mostrarle lo que resulta de una práctica constante y sostenida. A una semana de la celebración de los Fieles Difuntos, me enteraría con un pesar sin igual de la partida de Francisco Castro Leñero. Lloraría esa tarde, frente al puente que durante meses había erigido con mi hijo. Lo imaginé como un puente que pudiera ayudar a Francisco a transitar entre mundos. Sin saberlo, aunque carecía de la opulencia de los altares de cempasúchil y papel picado, caería en cuenta más tarde que con unas pequeñas piedras había estado tributando la vida y la muerte de Francisco, cuya larga enfermedad se hiciera crítica durante ese período. Resultaría imposible no pensar, confeccionando el puente, en otra práctica constante y sostenida: la de la amistad.
Es grande el número de altares fastuosos y coloridos que he montado, desde los más íntimos y domésticos para honrar a mis propios ancestros, como aquellos de escala performática dentro de recintos artísticos.
Para mí la costumbre de montar altares para los Fieles Difuntos se remonta al altar de mi abuela, que todo el año le servía de oratorio, en una pequeña habitación de aquella casa en Tacubaya que vio mis primeros años... a veces la sigo visitando en sueños. Mis altares deben sin duda la exuberancia a los que disponía el escultor Adán Paredes durante la segunda mitad de los noventa en su taller en Santa Úrsula, a escasas calles del Estadio Azteca. De uno de aquellos altares, recuerdo al singular personaje que ocupaba el lugar de honor: un hombre de unos treinta años ataviado con un casco semejante a los del ejército prusiano. Se trataba del bisabuelo de Adán y no era militar. Su casco era de bombero. Se decía que el joven tragahumo salió un día de una cantina del centro de la Ciudad de México, para caer de bruces a la mitad del zócalo, acaso envenenado. Nunca volvería a levantarse.
De la lista de mis altares performáticos, el más significativo que he montado hasta ahora, es el que convocó a una docena de artistas en una enorme propiedad sin techos, del centro de Oaxaca, en lo que convertiría con entrañables cómplices en Matria Jardín Arterapéutico. Tres toneladas de cempasúchil, junto con distintas instalaciones artísticas y doce camas de fierro serían iluminadas de noche por las luces de neón, rosas, azules y violáceas de mi querido amigo Gandalf Gavan, durante el último bimestre de 2012. Gandalf estaría entre nosotros dieciocho meses más. Aquel conjunto fue visto por un público inusitado, no tanto por su volumen, sino por las alianzas que irían madurando hasta culminar en otras intervenciones artísticas. La más notable, que ha devenido, adicionalmente en una gran amistad, fue la visita a Matria de la curadora inglesa Hilary Simon. Hilary trabajó durante más de un lustro en el proyecto de su exposición Made in Mexico. Su extenuante investigación la acreditó para que el British Museum le prestara un par de rebozos mexicanos confeccionados hace dos siglos, o para que los artistas más disímbolos en género y soporte le prestaran rebozos de su propio ajuar, como la cantante Lila Downs, o para hacer interpretaciones libres como las de pintores o diseñadoras de moda. Motivada por mi site specific work en Matria, Hilary consiguió que el Fashion and Textile Museum en Londres, (FTM) sede en la que culminaría su larga investigación, me comisionara una instalación. La muestra en el museo tuvo lugar de junio a agosto de 2014.
En mayo de 2014 partiría Gandalf al otro mundo. Tuve apenas tiempo para publicar un libro que registra la obra que me fuera comisionada por el FTM y dedicárselo. El nombre del libro es el mismo que le di a la obra comisionada: El oráculo de las ninfas de Cobá. Larga fue la lista de cómplices que permitieron la realización tanto de la obra, como del proyecto editorial. Como ocurre en estos casos, pretender enunciarlos a todos, dejaría de lado a algunos, por lo que prefiero reducir mi lista a los fotógrafos Laurie Thompson y Ricardo Audiffred, y por otro lado a Christian Thornton, quien sopló una hermosa urna de vidrio dentro de un antiguo lavamanos porcelanizado. La urna contenía granos de cacao. Debajo de una cama de fierro –de las usadas en la instalación en Matria– llené una bañera con cera de abejas en la que sumergí mazorcas del mismo árbol, el cacao, una de las cuatro especies que cargan el mundo en las creencias mayas. Este pueblo sostenía que las abejas eran hacedoras de la fertilidad, por lo cual, las abejas muertas se enterraban esperando que de ellas volviera a manar la vida. Sobre el lavamanos estaba colocado un espejo y de éste colgaba un rebozo negro de nueve metros de largo. Fue Hilary Simon la responsable del rebozo. Sus gestiones me condujeron al taller de los nietos de Fidencio Segura, uno de los últimos que, en su sede nativa, Tenancingo del Valle, confecciona rebozos de aroma de luto. Durante siglos estos rebozos fueron usados en esa zona del Estado de México a modo de mortajas. Los nueve metros que le di a esta prenda mestiza fueron una licencia que me permití para aludir a los nueve niveles del Xibalbá: el inframundo maya. El aroma del rebozo, que debía hacer más grato el último viaje del difunto, se consigue al mezclar una docena de plantas de lo que podría considerarse un auténtico herbario virreinal. El negro se obtiene, merced a los taninos de las vainas secas del huizache, una acacia mexicana de la que presumiblemente se obtenía la tinta con la que los antiguos tlacuilos dibujaban sus códices. En las cosmogonías del centro del país, el huizache era encarnado por la diosa Xochiquetzal, consorte de Tláloc, el regidor del paraíso acuático. Xochiquetzal acogía a los que morían en el agua, quienes, portando ramas reverdecidas, cantaban o recitaban bellos mensajes de agradecimiento al ser incorporados al Tlalocan, su última morada, donde no hay más que felicidad y abundancia.
El 13 de noviembre cumplí sesenta años. Publiqué en las redes una nota que rezaba así:
Disfruto de una salud excelente. Jamás hubiera pasado por mi cabeza, que no llegaría a este día.
Sin embargo, sentí una gran felicidad y –emulando a mi hijo, que el pasado mayo exclamó al cumplirlos "ya tengo 9" – mi ronca voz de las tres, esta madrugada articuló el ¡YA TENGO 60!
Agradezco a mis padres que, en el ciclo de las múltiples vidas se hubieran encontrado, para que yo llegara a nuestro hermoso planeta de Tierra y Agua.
Celebro el regalo cotidiano que más valoro: la sonrisa de Aslan y la presencia constante y solidaria de Dana, su madre.
Y por supuesto, la tolerancia, discrepancia y amorosa necedad de todos los que han subido conmigo al podio de la Amistad. No los tendré a todos en la mesa, pero haré un largo brindis por ellos, por ustedes y por los que aún están por llegar, los que siguen corriendo o volando entre nosotros y los que están hechos de polvo de estrellas.
Dos semanas atrás, Aslan, Dana y yo, montábamos el altar doméstico, en mi casa en San Agustín Etla. Las fotos de nuestros Fieles Difuntos esta vez se imprimieron en blanco y negro. Con la excepción de cuatro: dos amigas de Dana, y las de dos grandes artistas, Francisco Castro y Gandalf Gavan. Iluminaron el altar, como antes me iluminaran con sus risas y su compañía.
FOTOS: Laurie Thompson | Ricardo Audiffred
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