La mariposa del país de los muertos
Obra de Carlos Amorales
Aquella tarde la vi en la casa, pensé que buscaba las flores; pero fue a mí a quien rodeó un par de veces antes de irse. La segunda vez que la encontré fue inmediatamente al siguiente día en una calle cercana. Una tercera vez, eran las seis de la tarde, estaba en el metro Ciudad Universitaria. Estaba platicando con uno de mis alumnos cuando ella se acercó y volvió a rodearme. Tuve miedo, pensé que la estaba imaginando porque estaba tan cerca pero para nadie parecía sorprender ese vuelo tan cercano a todos. La seguí con la mirada. Busqué en la mirada de mi compañía si también la veía pero no. Intenté reponerme y dejar el pensamiento. La mañana siguiente estaba en el sótano de un centro comercial, Plaza Satélite, saliendo de Palacio de Hierro. Ahí volvió sobre mi, a rodearme con sus alas, tan cercana, me detuve en seco y miré a mi madre para preguntarle si la veía, lo hice desesperada y ella dijo que sí. Yo la miraba incrédula de encontrarla ahí, tan lejos de todo, tan cerca de mí y con ese afán de persecución. Le volví a insistir a mi madre en la pregunta y me dio que sí, que la veía. Le conté que me había seguido por cuatro días una mariposa del país de los muertos, que se había acercado a mi, rondándome en cualquier sitio, que incluso dudé de mi, que pensaba que era una ilusión.
No sé si hubiera preferido que fuera mi imaginación la que me hiciera ver aquella mariposa, o era mejor descubrir que era real su visita constante. Cada vez que aparecía había un momento extraño donde el aire se me iba pero me empujaba a reponerme rápidamente y salir de ese estado que empezaba a atormentar cada vez más. Una quinta ocasión, otra vez en compañía de mi madre. En donde ya la había visto cerca de casa. Le dije a mi madre, mira aquí está de nuevo otra vez. Intenté seguir caminando sin mirar su vuelo. Di vuelta a la calle y no volví a pensar en ella hasta llegada casi la medianoche.
La mariposa del país de los muertos me había procurado por casi una semana en cualquier sitio. A veces en casa, a veces lejos. Tenía ganas de huir de ella, pero me preguntaba si mañana aparecería. Me preguntaba si quería llevarme a su país o hacerme recordar a alguien. Si bien en octubre siempre aparecen, por lo general visitaban mariposas blancas, nunca había tenido tanta insistencia de una mariposa del país de los muertos. No sé si me acostumbro a este padecer, a esta falta de aire, a ese momento en que me inoportuna y me hace creer en que podría alucinar. A recibir el martirio por unos segundos de su vuelo cerca de mi, dando vueltas por mi cuerpo, casi tocándome, acosadora. Esa forma abrupta de aparecer en cualquier sitio y volar directo hacia mi, torturarme para luego marcharse.
Una mariposa del país de los muertos me ha visitado toda la semana. La mariposa no llegó hoy, sin embargo al despertar un mensaje estaba en mi teléfono, ahora vivías en Múnich y yo estaba por salir a Madrid a buscarte. Yo no estaba dispuesta cruzar más allá del mar, sabías que iba por ti y te fuiste más lejos. La historia había terminado justo cuando cumplíamos dos años. Su visita anunciaba la muerte de mi amor, de mis deseos y de mi propia alma, me arrojaba nuevamente a ese país de oscuridad, junto con ella, al país de los muertos. Ahora era yo quien iba detrás de ella a buscar consuelo, bebiendo clonazepam para dejarme caer lentamente en ese sitio mientras ella me cubría con sus alas. Ya no tenía miedo, no había dolor, ya no sentía nada. Había regresado a mi sitio bajo la oscuridad, en silencio.
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