A mi hermano Agustín
Señor mío Jesucristo,
Dios y hombre verdadero,
te ruego clemencia y libertad
para un amigo muy querido
juzgado y sentenciado
por el Papa y su ejército de naipes.
Su nombre: Lewis Carroll.
Motivo: amar corazoncitos tiernos.
Y es verdad, lo reconozco:
A mí me dio placer antes de tiempo,
pero no tenía alternativa:
en el jardín no afloraban mujeres
sino yeguas y gallinas disfrazadas.
Señor:
él es un tipo inteligente,
sin intenciones de seducir a niñas de encaje blanco,
¡qué va!, tan sólo busca la pureza
(por eso también ama las matemáticas).
Si no lo absuelves, Señor,
si no le das su libertad,
romperé mi catecismo
y votaré por Freud en las siguientes elecciones.
Señor:
mañana cumpliré quince años,
debo ser la reina
en una torre de marfil
y deseo que una mágica varita
me obsequie tres pollitos.
También sueño con un ruiseñor que me cante
por la noche.
Para eso necesito un hombre,
no un pastor alemán
ni un gran danés
sino un príncipe
que posea un mustang blanco
y una espada que le abra paso por la selva
y rasgue las cortinas de mi alcoba.
Señor:
soy el anillo en espera
de un dedo poderoso
y ese dedo eres tú, Señor.
¿Por qué te ruborizas?
Anda, quítame ya las tobilleras
y riega un poco de saliva en mis labios,
que se incendian.
Cristo, esposo mío,
te confieso un desliz:
fue aquella noche muy oscura,
¿la recuerdas?
Tenía mucho calor
y me desvié
hacia la fuente.
Allí se apareció
frente a mis ojos
el demonio,
más parecido al minotauro Héctor
que a un ángel caído.
Y me desnudó como a una fruta.
Me mordió
¡ay!
me mordió todo el cuerpo.
Yo sentí sabroso alivio
en refrescar esos labios.
Pero no te enojes, amado mío,
te traigo intactos
el alma
la cáscara
y el hueso.
San Jorge bendito
del monte mayor:
de nuevo te reza
la anciana que Nunca Jamás
ha probado la carne
ni de noche
ni de día.
Jamás estuvo el carnero en mi plato
ni la cola de res en mi sopa.
Jamás entró en mis labios
el hocico del cerdo
ni jamás de los jamases ave alguna
aterrizó en la isla de Nunca Jamás.
Desde siempre fui vacunada
y habité en vitrinas
envuelta en alcohol
y en algodones.
Por eso jamás acaricié
el pelaje del venado
ni sentí en la espalda
el escalofriante rasguño del gato.
Pero en las noches me sueño yegua
cabalgada por jinete impetuoso
que me hunde la espuela.
El té se ha enfriado
y ha pasado el último tren.
Por eso, querido Jorge,
anhelo ser herida
por tu espada de fuego;
no importa que la sangre manche
la blancura del satén.
Mi único deseo es ser el jamón
que sacie tus colmillos
Oh sublime Cleopatra,
dueña de la Alejandría que todos llevamos dentro
–esa tierra propicia para el placer–;
tú, que no encuentras par
en el combate de las ideas
ni en el combate de los besos;
tú, que jamás te has rebajado
a mirar a este esclavo,
te obsequio estas pocas palabras:
Soy incapaz de descifrar jeroglíficos
y estoy ciego ante el latín de los conquistadores
que entran y salen sin pasaporte
por el suntuoso palacio de tu cuerpo.
Desconozco la grafía griega
pero entiendo el lenguaje de las manos.
Tampoco soy gladiador latino,
pero, si en la Arena ambos soltáramos las túnicas,
mi rígida lanza podría transformarte en mi esclava.
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