Los marcos, textos y contextos de la pintura siempre suponen una apasionante travesía como toda esa suma de búsquedas pictóricas del pintor Rafael Gaytán.
Hace treinta y dos años compartimos y disfrutamos de la beca de jóvenes creadores por lo que son ya tres temporadas de admirar profundamente su trabajo y convivir con sus escenas, textos y tránsitos versando geometrías y arquitecturas desde audaces encuadres.
Al observar detenidamente los cuadros de él amigo Gaytán lo que nos captura primero son los sofisticados enredos ópticos que articulan el ángulo y el marco desde donde contempla y observa con su manejo sagaz y genuino del claroscuro. Desde el primer momento la sorpresa es imaginarlo con deleite conviviendo y cavilando entre inevitables escenas hooperianas o rockwellianas o tal vez observando alguna película del cine negro francés o norteamericano. En sus cuadros pervive una mirada que describe e inquiere sobre el orden las cosas en distintas posiciones, ambientes y atmosferas y que nos presenta intrigantes momentos en misteriosas travesías con el vibrato de un lenguaje lumínico que al revelar también oculta y esconde, es todavía la astilla de la antorcha de una pintura barroca muy antigua. Es en esa creación de atmosferas, encuadres y composiciones que encontramos y sentimos al culto cinéfilo que documenta con deleite la vida cotidiana de esta ciudad. Dentro de una sencilla causalidad los hechos en la vida cotidiana fluyen en las piezas por lo que en sus figuraciones generalmente posan y desfilan los amigos en guarapetas regulares, el Téllez y el kawil, el gabo o la Ange o tal vez Tamara y las Jimenas. La vida mundana de la Condesa o la Roma o en las deseadas vacaciones siempre se filtra de forma estelar o en algún rincón de las piezas que articulan encuadres y geometrías: anécdotas.
Los artificios ópticos siempre están ahí entre top shots con ojos de pescado, aventados close ups o sutiles planos generales para recordarnos que el lenguaje de su figuración nació en el siglo veinte y el realismo no es lo suyo. Dentro de los constructos de sus travesías hay espacio para todo, entre escenarios de espacios conocidos siempre hay un lugar para sus mascotas, la mari y la rosita y últimamente Nina son objeto de inusitados retratos.
El voyeur urbano siempre está ahí por lo que en los trucos de sus geometrías siempre habrá un espacio para mujeres reflexivas posadas en algún sillón o posando en el baño tal vez nadando en la playa ya que en sus textos pictóricos siempre fluye esa mirada erotizada y erotizante que desnuda y señala.
Gaytán como todo egresado de la Esmeralda de su generación tuvo el privilegio de contar con la buena guía de excelentes maestros ya sea intérpretes de la pintura herederos de la escuela mexicana de pintura o participes del muralismo a los que todavía recuerda con orgullo y admiración en alguna frase o anécdota recurrente: se pinta con las cerdas para allá. No es para menos dispositivos y artificios de maestros críticos con singular oficio desfilaron en algún tiempo por las academias compartiendo generosamente en sus cátedras conocimientos esenciales sobre la historia de los textos espaciales de la pintura acompañada de sabios argots compositivos entre, tips o lineamientos específicos sobre el despliegue de gamas cromáticas tan necesarios para el constructo de sinergias con abanicos de luces y sombras en el plano bidimensional con diversos puntos de fuga.
En estos tiempos en los que la pintura es cada día más desplazada por gadgets cibernéticos o inteligencias artificiales observar y descifrar los cuadros de Gaytán me recuerda una vez más, parafraseando a los sesudos semiólogos y hermeneutas del mundo cibernético contemporáneo, que el acto de ver pintura no es nada trivial ni mucho menos pasivo, hoy por hoy sigue siendo una experiencia extra noemática o francamente noemática muy parecida a aquella que se adquiere al degustar, descifrar y paladear el aroma de la compleja ergódica de un delicioso vino. Navegar por los laberintos del texto y la narrativa en la pintura solo busca que finalmente el espectador al igual que el célebre Tron (Lisberger, 1982) ) de la década de los ochenta entregue el deseado disco con varios modos de travesía.
Larga vida al admirado y querido amigo Rafael ahora ya miembro honorario del poderoso escuadrón del Inapam y siempre en activo.
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