Recordamos este clásico imperdible como una de las películas tragicómicas mejor logradas del cine latinoamericano. Estrenada hace 57 años La Muerte de un Burócrata sigue siendo el mejor ejemplo del verdadero y oscuro funcionamiento de las sociedades modernas.
La película comienza con el Tío Paco, un incansable trabajador que inventa una máquina de bustos en serie con la efigie del héroe revolucionario José Martí quien, por accidente, cae dentro del gran contenedor y muere instantáneamente convertido en una efigie que será colocada en su propia tumba. Sus compañeros de trabajo deciden que debe ser enterrado con su carnet laboral, símbolo de su condición obrera. Sin embargo, poco después, la viuda (Silvia Planas) se da cuenta que no puede cobrar la pensión sin este documento. Afligida, le pide a su sobrino (Salvador Wood) que encuentre la manera de recuperar este papel.
Este será el disparador que desatará la serie de desventuras que el sobrino deberá afrontar para ayudar a su querida tía. Desde las infructuosas gestiones para desenterrar el cadáver, para luego robarse el cuerpo, guardar aquel bulto pestilente en su casa cubriéndolo con cubitos de hielo y, finalmente, tratar de volver a enterrar un a un muerto que es imposible enterrar, porque en los registros dice que ya está enterrado y tampoco le será posible demostrar que el cadáver ha sido exhumado, pues como se lo robó, no consta en las actas.
El tema central es, como el título lo indica, la tragedia de la burocracia, fenómeno mundial, imposible de eliminar y vigente siempre, que se irá desenvolviendo mediante el uso de los pocos recursos con los que contó la producción del filme, entre los que destacan el movimiento cinematográfico neorrealista, unido de manera extraordinaria a la sátira y humor negro, muestran una realidad kafkiana que no pierde actualidad. Dirigida en 1966 por Tomás Gutiérrez Alea conocido como Titón (1928-1996), un importante cineasta cubano que abordó los problemas derivados del neocolonialismo y la identidad cultural. La Muerte de un burócrata es también una especie de homenaje al cine los Lumiere, pasando por Luis Buñuel, Buster Keaton, Laurel & Hardy, Bergman y Kurosawa.
El personaje de Juanchín, el sobrino, personifica la ingenuidad de un ciudadano que cree que podrá realizar un trámite siguiendo las normas y legalidades establecidas, y no llega a darse cuenta de la dimensión de los problemas que va a enfrentar, siempre con la fe de poder solventar la situación, el dilema va creciendo hasta convertirse en un entramado que parece imposible de solucionar y no hay forma (dentro de la legalidad) de desenredar aquel complicado nudo de infortunios.
Titón acentúa el carácter burocrático de los personajes, con funcionarios insolentes, déspotas y sin la más mínima intención de ayudar. El mundo es un conglomerado de burocracias que se ha coludido para dificultar, mediante complicados obstáculos, la obtención del preciado documento, sin reconocer que detrás de todo hay un hombre muerto y una viuda sin pensión.
Hay que mencionar que pocos años después del triunfo de la Revolución cubana, la crítica se dirigió hacia la persistencia de algunas características del antiguo régimen en la nueva realidad socialista, de la que Gutiérrez Alea fue simpatizante y activo defensor. El nuevo gobierno se sostuvo en un discurso que pretendía erradicar algunos de los peores males de la sociedad, tales como la religión, el machismo, el capitalismo y muy especialmente la penetrante burocracia prerrevolucionaria; lo que no deja de ser curioso para el espectador del siglo XXI, pues la historia nos ha mostrado que será la propia Revolución la que conducirá al país hacia un sistema totalitario y refugio de la peor burocracia.
La película fue producida por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos bajo el guión del propio director en colaboración con Alfredo Del Cueto y Ramón Suáres, un texto plagado de referentes personales y guiños inteligentes, que desborda humanidad y nos conduce poco a poco a esa carcajada que se suelta al reconocer situaciones que deberían ser inverosímiles pero que contienen un realismo dramático irrefutable.
Sin saber si es intencionada la cierta rigidez de algunos de los personajes o pequeñas torpezas en la dirección, muchas de las escenas, al estilo de la comedia del cine mudo, con sus gags, alborotos y golpes, con sus equívocos y persecuciones, nunca pierde el tono ácido y crítico, por momentos surrealista e incluso romántico.
El final del filme obedece a esta lógica y el cinismo se convierte en una especie de refugio ante lo inevitable. Gutiérrez Alea aboga por enterrar con creatividad, humor y algo de humanidad a ese funcionario inflexible y holgazán que todos llevamos dentro. La burocracia ha matado al burócrata y con la muerte del funcionario la denuncia es clara en varios niveles simbólicos. Al sepelio están invitados todos los burócratas, todos entran al cementerio y la puerta se cierra como una declaración de que todos los males han sido encerrados (¿o enterrados?), pero desgraciadamente sabemos que a la muerte de un burócrata habrá otro, igual de ineficiente, que lo reemplace.
Gabriela Galindo y Alejandra Romano

La Muerte de un Burócrata (1966)
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