Fuego Lustral

Mauricio Cervantes*

Julio, 2021

En la compañía de Aslan y Dana, la presencia de carcoma (comején para algunos, termita para otros) fue visible durante los últimos años de mi vida en Agadir -mi taller en el centro de Oaxaca-. No así la de los fantasmas que habitan viejas casas como la nuestra o la de cualquier casco histórico levantado sobre los restos de poblados milenarios; ellos atestiguaron a nuestro lado la voracidad de los coleópteros que mina en su interior cualquier bocado de madera suave.


El camino estaba trazado para que fragmentos de puertas, vigas completas, el carrizo de un tejabán, humildes juguetes de Aslan, mesas y algunas sillas terminaran alimentando el fuego lustral para recibir al verano en su solsticio, a escasos días de escribir estas líneas.


Fue entre los muros de Agadir donde Dana realizó su trabajo de parto, nuestro hijo dio sus primeros pasos y yo concebí numerosos procesos artísticos, muchos de ellos colaborativos. El más icónico, al menos para los que vivíamos en el centro de la capital oaxaqueña, a principios de la década pasada: un huerto urbano articulado en la complicidad del curador aragonés Pablo J. Rico y la invaluable labor del equipo que conformamos con la antropóloga Patricia Tovar, la jardinera Megan Glore, el maestro de la lente Daniel Molina y la diseñadora Mariana Rivera. Se sumarían tres docenas de artistas, un centenar de voluntarios y el gesto desinteresado de una familia oaxaqueña, la de Manuel García Díaz, que nos permitió ocupar durante un año las ruinas de una casona centenaria sin techos, con arte, música y botánica aplicada: Matria Jardín Arterapéutico, el primer laboratorio en el país donde en manera franca se amalgamaba la creación artística con vectores agroecológicos.


Las semillas para Matria comenzaron a germinar un año antes de que nuestro Jardín adoptara ese nombre. Una serie de acciones poéticas, con la significativa participación del artista berlinés Gandalf Gavan (1975 – 2014) culminaría en el conjunto de instalaciones de El sueño de Elpis. Maestro en el manejo del neón: las luminarias de Gandalf llenarían el espacio de manera espectral. A esa fiesta del Jardín Arterapéutico fueron convidados creadores mexicanos como Diego Espinosa, músico y artista sonoro y la artista española Mónica Fuster, quien inscribe muchas de sus acciones en procesos ceremoniales.


El conjunto escultórico que yo presenté constaba de una docena de camas de fierro, restos de la demolición del inmueble anfitrión y sillas amarillas adosadas a los muros ataviadas con flores de cempasúchil para honrar a principios de noviembre a los númenes del Mictán -el inframundo del panteón mexicano- y a la propia Elpis, la joven que en el mito de Pandora encarna el temor y la esperanza.


A lo largo de las estaciones las sillas se incorporaron a otras obras para sitio específico, acompañando tinas metálicas que hacían recordar a Antoni Tapies y el vigor con el que el gesto artístico puede transformar humildes objetos como las propias bañeras y otros muebles domésticos.


Las sillas, la tina y un rebozo de aroma de luto de nueve metros habrían de viajar a Londres, por invitación de la curadora Hilary Simon, como una de las piezas estelares de la exposición Made in Mexico, en el Fashion and Textil Museum de Londres, en 2014. Se encuentran aún ejemplares del libro que registra el montaje de esa instalación en su primera versión en mi taller, Agadir; su título: El oráculo de las ninfas de Cobá.


Otro conjunto memorable de instalaciones con el mobiliario de Matria es el de El agave y las ninfas. De una de las tinas del jardín arriba aludido surge en un paisaje de cactus y agaves del Valle de Tlacolula, en Oaxaca, una torre de sillas salpicadas por conejos del mito mexica de Mayahuel, diosa del maguey pulquero, madre de los 400 conejos que encarnan la embriaguez y la fermentación. Los conejos pueblan junto a la torre otras instalaciones dentro del mismo montaje, que adquiere un valor superlativo con las esculturas de vidrio de Christian Thornton.


Las sillas amarillas se convertirían en uno de los distintivos de mi taller y residencia familiar, apareciendo incluso en ediciones conmemorativas como la de Arte – Mezcal, gracias a la pasión del empresario destilador Jaime Muñoz, oaxaqueño por adopción, y el talento en el diseño de Mariana Rivera.


Si hay un hilo conductor que vincule las sillas en sus distintas facetas es el de la transmutación, ya sea en los procesos de germinación o floración, las instalaciones funerarias o la alusión a principios alquímicos que comienzan con la fermentación y terminan con la destilación. El único requisito que faltaba para emular de manera digna los pasos del Opus magnum era pasarlas por fuego, y así lo hicimos, junto con aquellos muebles que arrojamos a la hoguera ceremonial del solsticio, en la propiedad que aloja a Aguamiel, el proyecto culinario de Gerardo y Leahy, a escasos kilómetros de nuestra nueva residencia familiar, en el Valle de Etla, en Oaxaca.


Sin trazas de carcoma, un objeto requerido para la inmolación en las brasas fue la mesa que por casi tres lustros sirvió para los altares domésticos: los dedicados a los vivos y a los muertos.
Imposible pensar en el presente y en la transformación que vivimos merced a la degradación de los humedales, al cambio climático y algunas de sus consecuencias más palpables como la zoonosis o las peroratas de la supuesta pandemia que acapara la atención de los medios.


Inevitable también revisar el fin de la dictadura de António de Oliveira Salazar en Portugal, hace cinco décadas, iniciada, textualmente, con la caída que sufrió de una silla carcomida en su interior -espléndidamente descrita por José Saramago en el relato de su libro Casi un objeto- hecho que detonara una suerte de transmutación histórica.


De una treintena de sillas amarillas quedan más o menos la mitad: pasadas por el atanor algunas de sus hermanas, las que sobreviven servirán quizá para nuevos conciliábulos artísticos o para asambleas donde se discuta sobre las expresiones de la resistencia de los pueblos originarios, a quinientos años de la Conquista. Como en el relato de Saramago, o en la derrota del último reducto tenochca, frente a los ejércitos encabezados por Cortés, acaso sirvan para fraguar o conmemorar simientes de otras transmutaciones históricas.



* Artista visual. Premio al Mérito Ecológico de la Semarnat 2017.
cervantesmauricio@gmail.com

 

 


 


Fotografías:
1 El sueño de Elpis | Foto: Daniel Molina
2 Gandalf Gavan en El sueño de Elpis | Foto: M Cervantes
3 Christian Thornton en El agave y las ninfas | Foto: Daniel Molina
4 El agave y las ninfas | Foto: Daniel Molina
5 El agave y las ninfas | Foto: Eva Lépiz
7 Fuego lustral | Foto: Dana Kraft
8 Fuego lustral | Foto: Dana Kraft
9 Christian Thornton en El oráculo de las ninfas de Cobá | Foto: M Cervantes
10 El oráculo de las ninfas de Cobá | Foto: Ricardo Audiffred
11 El sueño de Elpis | Foto: M Cervantes
12 2 Gandalf Gavan en El sueño de Elpis | Foto: M Cervantes
13 El sueño de Elpis | Foto: Daniel Molina

 

Sobre el Autor

Mauricio Cervantes (CDMX, 1965). Durante las primeras décadas de su producción artística se concentró exclusivamente en la obra de caballete. La pintura fue permeando otras expresiones hasta culminar en sus complejos escultóricos de tierra cruda, erigidos con procesos de la arquitectura vernácula. Interactúa con cómplices de variadas disciplinas, siendo permacultores, bio-constructores y ambientalistas sus asesores más socorridos. A partir de 2012 todos sus proyectos giran en torno a fenómenos de agendas medioambientales. Galardonado en varias ocasiones por el FONCA, cuenta también en su haber con un reconocimiento del INBA y el Premio al Mérito Ecológico de la Semarnat. Rubrica sus colaboraciones artísticas con el sello de Matria Jardín Arterapéutico.

 

 

 

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