De reciente publicación, el libro de Emily Eakin titulado Los franceses: o mi vida en teoría (Penguin Press) posteriormente publicado bajo el título de Los hombres que hicieron francesa la teoría, resulta una elegante combinación de memorias literarias e historia intelectual; Eakin, decide abandonar su doctorado para asumir el cargo de editora del New York Times. Había leído un estudio que demostraba que demasiados doctores en literatura competían por muy pocos puestos académicos pero, para su desencanto, había una razón más profunda que era el factor decisivo: la teoría.
«Teoría», es el nombre que se le dio en Estados Unidos para referirse al movimiento intelectual surgido en Francia en la década de 1960, mismo que transformaría el panorama de las humanidades en las universidades estadounidenses y, en el proceso, se convertiría en un casus belli durante las primeras escaramuzas de lo que más tarde se denominaría como «guerra cultural».
Eakin, quien quedó cautivada por la obra de los estructuralesistas franceses durante sus estudios de pregrado en Harvard, sitúa los orígenes de la Teoría (posteriormente reconocida como Teoría Crítica) en la revolución estructuralista de las ciencias humanas, la cual, según afirma la autora, fueron en realidad «dos revoluciones en una». En primer lugar, los estructuralistas sustituyeron la noción existencialista de Jean-Paul Sartre de un Yo dotado de agencia y capacidad de elección por la idea de un sistema impersonal. En segundo lugar, consagraron el lenguaje como el sistema supremo. Adoptaron del lingüista suizo Ferdinand de Saussure la visión de que el lenguaje es un sistema sin términos positivos, en el que el significado de las palabras deriva enteramente de su relación entre sí.
Las batallas cada vez más enconadas sobre la importancia y las implicaciones de la teoría en la década de 1980 no se limitaron al ámbito académico. En 1987, por ejemplo, el filósofo conservador Allan Bloom encabezó las listas de los libros más vendidos con El cierre de la mente americana, una obra que arremetía contra los efectos corruptores de la «jerga derivada de la desesperación de los pensadores europeos». Hoy en día, la diatriba de Bloom sigue influyendo en muchos de quienes critican el estado de las universidades estadounidenses desde la derecha política.
Pero para estudiantes como Eakin, «deconstruir» los supuestos fundamentales de la metafísica occidental era un tema fascinante, incluso con un conocimiento superficial de las grandes obras de la tradición filosófica. Entonces, ¿por qué, tras haberse enamorado tan profundamente de la teoría, llegó a considerarla una «sustancia peligrosa» que debía ser rechazada o abandonada?
El libro The Frenchmen intenta responder a esta pregunta. Y al hacerlo, nos invita a ver la historia de Eakin como un síntoma de la experiencia de lo que el crítico Nicholas Dames ha llamado la «Generación de la Teoría». (Resulta irónico, por cierto, que esta generación viera sus años universitarios representados con frecuencia en un género —la novela realista— que la teoría tanto contribuyó a «desnaturalizar y desmitificar», como afirma Dames. Pensemos en libros como The Marriage Plot de Jeffrey Eugenides, The Corrections de Jonathan Franzen o A Gate at the Stairs de Lorrie Moore).
Al mismo tiempo que traza su propio recorrido por la teoría, Eakin también busca «reencarnar» a sus grandes pensadores, «recuperar el elemento humano oculto» bajo sus teorías, a menudo austeras e impersonales. Onur Erdur intenta algo similar en su libro de corte más académico, School of the South, sobre las «raíces coloniales» de la teoría francesa.
Para Erdur y Eakin, es de vital importancia reconocer momentos cruciales, como por ejemplo, que el filósofo Jacques Derrida se criara en una familia judía en la entonces Argelia francesa y que fuera expulsado de la escuela en 1942 después de que el régimen colaboracionista de Vichy impusiera una cuota para alumnos judíos. El propio Derrida afirmó que este episodio le provocó un «trastorno de identidad» del que nunca se recuperó del todo. Él, como muchos de sus contemporáneos, siempre se sintió como una especie de marginado.
Los Franceses de Eakin fueron un grupo muy diverso. Junto a Derrida se encuentran los filósofos Michel Foucault y Gilles Deleuze, el psicoanalista Jacques Lacan, el pensador marxista Louis Althusser y Félix Guattari, psiquiatra y colaborador ocasional de Deleuze, además de los teóricos literarios Roland Barthes y Paul de Man.
Este último era, de hecho, un belga francófono que había emigrado a Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial. Pero su estrecha amistad con Derrida es fundamental para la historia de la teoría en Estados Unidos y, por lo tanto, para la historia que Eakin quiere contar aquí, al igual que la, a veces tensa, relación de Derrida con Foucault.
A mediados de la década de 1970, la teoría francesa había establecido sedes en ambas costas estadounidenses: Derrida en Yale, donde de Man, director del departamento de literatura comparada, le había conseguido una estancia como profesor visitante; y Foucault en Berkeley, California, donde se convirtió en un entusiasta mecenas de los baños públicos gay de San Francisco.
Eakin sostiene que Derrida y Foucault representaban dos caminos divergentes para la teoría en Estados Unidos: «Por un lado se extendía el análisis retórico, la obsesión por la paradoja y las lecturas minuciosas propuestas por Derrida; por el otro, las investigaciones sobre el poder político y social en forma de "discurso", defendidas por Foucault». Estos últimos, en particular, parecían llevar consigo un «aroma de rebeldía» prestado, vestigios persistentes del «ambiente insurreccional» que había reinado en las barricadas de París en mayo de 1968. Pero, en realidad, se trataba de una política indirecta, una especie de cosplay revolucionario con escaso efecto político real. En cuanto a Derrida y de Man, lo que parecía una preocupación obsesiva por sutilezas lingüísticas arcanas empezó a suscitar acusaciones de nihilismo o algo peor, y no solo por parte de académicos literarios tradicionalistas o filósofos del lenguaje más sobrios.
William Bennett, secretario de educación en la segunda administración Reagan y un defensor acérrimo de la cultura tradicional, también tenía en la mira a la llamada escuela de deconstrucción de Yale, que, según él, fomentaba una «vergüenza perversa... sobre los logros de nuestra civilización».
No importa que, como señala Eakin, el interés de Derrida radicara en «leer, no en destrozar, el canon». Lo peor estaba por venir. En 1987, un investigador belga descubrió más de cien artículos que de Man, fallecido en 1983, había escrito para un periódico colaboracionista durante la ocupación nazi de Bélgica. Al menos uno de ellos era explícitamente antisemita. Este descubrimiento conmocionó a los colegas y estudiantes de de Man, y fue particularmente traumático para Derrida, quien intentó, con dificultad pero sin éxito, reconciliarse con lo que su amigo había escrito en su juventud.
Para los enemigos de la teoría, las revelaciones simplemente confirmaron todo lo que habían pensado sobre las patologías de la deconstrucción. «El momento de las revelaciones de de Man», observa Eakin, «no podría haber sido menos propicio para los defensores de la teoría, ni mejor orquestado por la recién ascendida derecha política estadounidense». Ante todo esto, debió de ser tentador escribir una versión moderna y arrepentida de las memorias de apostasía comunista de la Guerra Fría. Pero hay que reconocerle a Eakin que no se dedica a lo que Erdur llama "criticar la teoría sin fundamento". Su libro no termina con una necrología de un "dios que fracasó", sino con una provocación: que, a pesar de todos sus excesos y sus promesas políticas incumplidas, el legado de la teoría, caracterizado por el "cuestionamiento vigilante, la atención escrupulosa a las complejidades y contradicciones del lenguaje", podría no ser tan "antitético al bien común" como muchos de sus críticos han afirmado.
How French theory captured the American mind, por Jonathan Derbyshire
Texto recuperado de Financial Times, julio 27, 2026.
https://www.ft.com/content/54877958-adb1-40a0-b0e2-4ec608d2f2a3?syn-25a6b1a6=1
Traduccción de: El Rizo Robado
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