Vicente Quirarte. Cuando te tiendes, desnuda y bocabajo, tu espalda me mira aunque tú duermas: tranquilo mar con su rebaño de islas que, a pesar de la poesía, bautizamos pecas. Nadie sabe que allí late un sueño no realizado de Dios. El ritmo de tus pechos, la última gota de sudor, el cabello vertido en las almohadas, como si aun dormida construyeras un mundo de nombre tan real como tu ropa que levanto en mi camino al baño. Más allá del deseo de besarte y confirmar en la caricia –inútilmente mi pasión– comparto el cansancio de Dios tras concebirte, esa fatiga que sólo es privilegio de quien ha ocupado el día de sur a norte, seguro de que mañana es una hoja en blanco invadida por palabras que, si antiguas, cobran nuevo sentido en cada acto.
Vicente Quirate
Fragmento de Cuerpo Encarcelado
Tristísima es la muy reciente partida del gran poeta, investigador y escritor Vicente Quirarte, nacido en 1954 en la Ciudad de México, su lugar de origen y el eje central y materia literaria de gran parte de su obra, convirtiéndose en uno de sus más grandes cronistas.
Destacado miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y El Colegio Nacional, profesor e investigador de la UNAM, donde ejerció cargos clave como director del Instituto de Investigaciones Bibliográficas y director de la Biblioteca Nacional de México. Ganó prestigiosos galardones como el Premio Javier Villaurrutia, el Premio Nacional de Ensayo Literario José Revueltas y el Premio Nacional de Ciencias y Artes en Literatura y Lingüística. Pero todos esos nombramientos, si bien importantes y merecidos, son las cerezas del enorme pastel poético que Quirate cocinó a lo largo de su trayectoria literaria.
Nacer en el Centro es estar en el centro de todas las cosas, sen- tir con mayor intensidad el transcurso del tiempo y la defensa que el núcleo urbano hace por conservar el paso de los días. Muchos de los ritos, seres y lugares que en este libro aparecen ya no exis- ten. Pero las palabras nacieron, entre otras cosas, para guardar registro de lo destruido. El niño que un día descubrió un misterio llamado la lectura, multiplicado en anuncios y carteles del libro inagotable de la calle, no podía imaginarse en un siglo posterior y en una ciudad del mismo nombre. No obstante hallarse en es- tado de sitio, en decadencia física y moral, estrangulada por los rigores de la contaminación y el egoísmo de sus habitantes, aún permite tiempos y espacios donde sus hijos dialogamos con ella, tratamos de descifrar sus signos, de seducirla antes de que nos ani- quile. Nacidas en diferentes épocas, temperaturas y territorios, las palabras de este libro son testimonio de mi amor imposible por la Ciudad de México, cuyo nombre en la ortografía y en el alma ins- cribo con mayúscula.
Vicente Quirate
Fragmento de Fundada en el Tiempo
Nos atrevemos a reproducir (sin permiso, pero sabemos que nos dará permiso) la "Nota Introductoria" de Eduardo Casar –quién mejor para hablar de un poeta, sino otro poeta– del número 197 de la colección Material de Lectura, publicado por la UNAM en 2013, dedicado a la poesía de Vicente Quirarte.
Ésta quiere ser una invitación a leer la poesía de Vicente Quirarte, a buscarla en sus libros completos, subrayarla, plagiarla si nos dejan, colocarnos un ver- so en la memoria que nos abra las manos que queremos.
Vicente Quirarte nació —y lo sigue haciendo— en la ciudad de México;* pero todavía más: creció en el centro, en la zona silueta del círculo concéntrico.
Nuclearmente poeta, Quirarte se despliega sobre los más variados géneros de la literatura: la investigación amplia (en sus libros sobre Cernuda y sobre Owen), el ensayo (Peces del aire altísimo), las impresiones para sobrevivir (Enseres para sobrevivir en la ciudad), el cuento (El amor que destruye lo que inventa).
El manejo de la dimensión poética del lenguaje está presente para abarcar con él al pensamiento reflexivo de sus ensayos, a la parte cóncava de los personajes de sus cuentos, a la minuciosa mirada que habla de sus crónicas de cosas simples.
Son pocos los escritores en lengua española (como Celorio, Morábito o Hiriart, por poner tres ejemplos) a los que se les nota ese paladeo verbal que se nota en Quirarte, ese indeclinable gusto por las texturas y los nudos materiales del lenguaje, esa actitud constante- mente renacentista de orfebrería verbal.
Quirarte es un enamorado de las cosas: la pluma es una fuente, el portafolio, el tequila a caballo, los libros y el olor de la tinta, el lápiz, los oficios y las dedicatorias, los diversos etcéteras con los que el mundo expande los big vaivenes de la creatividad humana.
Es un enamorado de las cosas el Quirarte; puede coleccionarlas, no sabe de temor, no tiene miedo a nada, ni siquiera a los vampiros o al rencor y no le tiene miedo a las corbatas, pero lo que sobre todo ama de las cosas es su contacto con ellas.
Su literatura, llena y limpia, parece refutar la existencia de la famosa "cosa en sí", porque lo que más busca y logra de las cosas (incluido el amor) es entrelazarlas, formarlas en la fila india y mestiza de lo significativo, relacionar sus texturas y valores, sus capas internas con sus capacidades para ser expresadas, su peso con la exacta sentimentalidad que lo di- giere y vuelve permanente. Denso, comunicable, reciclable por la sensualidad ajena.
Su gusto por la pluma fuente no le hace rechazar los deleites del delete de los teclados. Admirador de las ballenas y los niños, de su oxígeno azul más o menos grande, Quirarte es también un pensador de la muerte; de la concreta, la que encarna en alguien y lo va descarnando o descarna de golpe, inoportunamente, o dignamente. Cada elegía de Quirarte es matizada, es personal de alguien y no esquematizada y abstracta: por eso duele.
Pariente (poético) de Bonifaz Ñuño, y por ello y por otras cosas dueño de un oído complicado pero siempre seguro, Quirarte hace poemas que, notablemente, siempre caen de pie, como los perros que parecen gatos: el verso, in stricto sensu, como unidad visual de sentido y sonido, es la célula real de sus poemas, la clave urdimbre de su vitalidad.
Sibarita es el más amplio sentido del inicio y del término, la poesía de Vicente Quirarte es una de las más bellas armas que se han inventado para luchar por la vida. A su aleación concurre un elemento peculiar: la noción de combate. Fiel a la raza de los hombres del Renacimiento, que sabían combinar las tintas de la espada y la pluma, Quirarte aparece en sus textos como un guerrero, como alguien versado en las artes marciales que no matan, como un creador de unas épicas intimidades.
En los poemas de Vicente Quirarte siempre hay batallas, impaciencias sobre otra piel que sin cesar se tensa, atabales, corazas, estrategias, navíos.
Su belicosidad es la de lo interno y lo cercano, la de la más profunda piel de su lenguaje, la del héroe cotidiano que lleva sobre sus espaldas la responsabilidad de abrir las puertas de otro cuerpo.
De las nubes y nieves militares Quirarte toma la seguridad que se siente si se tiene estrategia: sensación potenciada porque el contexto de las (frías) estrategias, en Quirarte, es el imprevisible y cálido terreno del encuentro amoroso.
¿Qué más decir? Que su naturaleza pacífica es oceánica y, por eso, todo el tiempo combate y sus batallas, todas decisivas, serán interminables. Si el lector lo decide. Bienvenida a nosotros su armada poesía, para que sea de hunos y de otros salvajes.
EDUARDO CASAR
EPIGRAMAS PARA LA DESAMADA
1
Cuando en tu paleta des a luz
un negro que supere
a la armadura de Carlos I
en el pincel educado de Van Dyck,
habrás olvidado quizá como es mi rostro.
En eso, Lesbia, no nos entendemos.
Yo aún te quiero con la misma locura
con que pintó Van Gogh
su primer lienzo en Arles.
2
Tú eres la culpable
de que no me hagan voltear los jeans
de esa muchacha, cuyas caderas
provocarían la envidia
de la Plaza de la Constitución.
Por el aire rubio y rizado
de este Palacio, Lesbia, que es de Hierro,
suelo vagar de cuando en cuando,
porque puedo así, sin despertar sospechas,
sin que nadie me pregunte qué deseo,
soñar que ese vestido reclama
tus hombros y tu talle
o que aquellas medias, si pudieran hablar,
pedirían ser llevadas por tus muslos.
3
Cuando a la salida del museo
los Ensor, los Klee, los Magritte
aún te ericen los sentidos,
al caminar por Reforma sentirás tus oídos
anegarse de la orquesta sin batuta de los grillos.
Pero oirás, aparte de la voz del chofer
que celebra tus piernas,
el eco huérfano de los niños que prestaban
su coro fugaz, aquella tarde,
a la esgrima lenta y voraz de nuestras bocas,
la cantata final de nuestros cuerpos.
4
Yergue su imperio el sol de mayo:
el cielo y el mar un solo cuerpo
sin conceder espacio al horizonte.
Recojo un puñado de arena y lo dejo caer lentamente:
sólo uno de los cristales pertenece en mi mano.
Así sólo tú eres mujer entre todas las que me rodean.
5
Si yo te besara como te recuerdo,
no podrías respirar un solo segundo.
6
Leo el encabezado del periódico:
aparece en primera plana
que ha aumentado el precio de la gasolina.
Tendré que quedarme
toda la tarde detrás de los cristales. Afuera,
junto a la lluvia tenaz
de estos días de agosto,
los autos grandes estarán
muriéndose de sed y de guardados,
mientras en cada calle
tendré que encontrarme con un Renault
y ver que tres de cada cinco
son de un año y color idénticos al tuyo.
7
Se vuelve el aire un agua casi llama
cuando Mozart abandona su juego con el cielo
y se ciñe la corona frente al piano.
Incendio, humo y cenizas flotan en el aire
cuando el efímero palacio de cristal cesa su anhelo
y en su derrumbe cada muro tiene la forma de tu boca.
8 (Para José Francisco Conde Ortega )
En un principio fui poeta de La Soledad;
más tarde me convertí en poeta de Academia.
Después tú ocupaste la punta de mi pluma
acaso por tu hermosura superior
a San Juan de Letrán de madrugada.
Y aunque escribo estos versos, Lesbia,
en la mañana más gris del primer cuadro,
conservo mis poemas más intensos
para cantar la Colonia Postal.
9
Qué dulce, Lesbia,
recordarte íntegra en este trago de café
y decir pausadamente
el mejor articulado de mis carajos
en medio de la gente tan pulcra
que cena y ya comulga.
Siento que así me purifico más que ellos
en la misa del domingo
o durante el fin de semana en Cuernavaca.
10
Es sentir en el pecho un Porsche 917
por la recta Les Hunaudiers
en la última vuelta de las 24 Horas de Lemans,
descubrirte sin que me mires, a lo lejos,
con la falda que iba mejor con tu figura.
El Porsche cruza la meta,
pilotos y mecánicos beben champaña.
Me aparto de la multitud
para verte alejar sola, gigantesca,
por los pasillos de la escuela,
sin ti más grande y más inhóspita.
11
Que prefieras un tubo
Rojodecadmiowindsor&newton
a mis besos,
o que los días que pasas sin mí,
que ya son todos,
no interrumpan el equilibrio de tu risa
ni eviten que tu figura ocupe
su exclusivo lugar en el espacio,
no me lastima.
Que no sientas lo mismo que yo
al formar tu nombre con las letras
de calle, de cines y de hoteles
te convierte en la última de las mujeres
o me hace un último de los hombres.
Tú escoge.
12
Colocada la hoja en la máquina de escribir,
¿qué falta en mi mano para lanzar la primera letra?
Pero abandono teclado y escritorio,
soy el escándalo para los vecinos
al bajar como huracán las escaleras
y pedir en la primera farmacia
un champú como el que usas
para sofocar la insurrección de tu recuerdo.
Jadeante subo a comenzar mi artículo,
sabiendo que con lo que paguen
alcanzará no sólo para comprar agua de colonia,
sino hasta extracto del Chanel número cinco
que usaste las últimas semanas.
13
Acaso porqué aún confío
–y no estamos de acuerdo, Lautréamont–
en que alguien se quite el asombro
al paso de mi entierro;
que mis labios vuelvan a ocuparse
de la morfología breve de tu nombre
o mis manos reconstruyan nuevamente
la sintaxis excepcional de tus muslos y caderas,
me apasionan tanto mis elecciones de gramática.
14
Sólo de una forma escaparías de mis palabras.
Que cuando leyeras estos versos
te dejaras llevar por las imágenes
y las transformaras en música y pintura,
sin ver detrás de ellas
los espumarajos de fiera agonizante
que la palabra esconde debajo de la alfombra.
15
Echo la capa sobre el rostro
para que no se ciegue el lento espejo del desierto.
Es más alto el sol y más dura la arena
si sabe que la presa buscada es tu blancura.
Aun así te encuentro, hinco en ti las garras
y te exprimo el amor.
En esa muerte leve cierras los ojos
y en tu mueca final leo que el crimen
no es triunfo más castigo
y que el amor en llamas de uno solo es tan inútil
como gota de agua en el desierto.
16
Y despertar en medio de la noche
mordido por las olas,
sacrificado por estrellas
del mar más despiadado.
Si el sueño, interrumpido,
nos hiere infundiendo mayor deseo y lejanía
en lo amado, no sé.
Pero había soñado con tu cuerpo;
fino y pesado,
maleable y frágil,
compacto y casi espuma,
como el mármol que aterido aguarda
el primer golpe del cincel,
tendido y reposado,
tu cuerpo cuerpo.
17
A las nueve menos diez paso lista.
Desde el escritorio
es más intenso el mar
si se detiene en los ojos de Sonia,
y los muslos de Pilar,
ermergentes de la falda escocesa,
cada día más corta,
dicen que el sustantivo alba es un poco exacto.
Pero sólo en ti ancla mi deseo, Lesbia,
aunque hoy Rosa María traiga un peinado distinto
y provoque escalofrío su voz diciéndome "presente".
18
En la inevitable fe de erratas
impresa en la página final,
consta que nunca dije "te amo".
Cualquier semejanza con esas palabras
fue coincidencia pura,
error de linotipista en día lunes
o precipitación del cajista de los sábados.
El único te amo está impreso en el silencio.
(Poema recuperado de Fundada en el tiempo, Serie Antologías, de la Dirección de Literatura de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM, 2014.)
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