Detenerse

Edwuard HopperEdward Hopper, Morning sun. 1959.

por María Antonia González Valerio

Septiembre, 2020


La pandemia actual parece habernos puesto enfrente la posibilidad extraña, siniestra y quizá incluso única en nuestras existencias de podernos detener. Pensarlo causa ansiedad. Vivimos de modo tal que detenerse es algo inconcebible. Siempre hay demasiado que hacer. Nunca hay tiempo. El ajetreo intenso parece imparable.

Es frenético. Todo va rapidísimo.

En la vida cotidiana, nunca tengo tiempo de nada. Eso es un tema constante. El mayor impedimento casi a lo que sea. El tiempo termina siendo el orden supremo según el cual dirigimos nuestras vidas urbanas. Cualquier cosa que queramos hacer toma tiempo, se da en el tiempo, consume tiempo. Y tiempo es de lo que carecemos. No tengo tiempo de nada. Y eso que me apuro mucho y hago mucho. Al final (del día, de la jornada, de la década) me doy cuenta de que no he parado de moverme. Pero tampoco estoy segura de haber hecho algo. Todo se diluye en acciones, movimientos, actividades, logros, metas, trabajos… Hay una falta de coincidencia entre tanta acción (¡siento que jamás me he detenido más que a tomar aire por unos instantes!) y su resultado (y eso que hago de todo un poco).

De alguna manera me he acomodado a pensar la acción como aquello que produce algo (una poiésis diríamos con la filosofía griega clásica). No como acción sin más. Si la acción produce algo y tiene un fin determinado está siempre fuera de sí. Esa acción que está ligada al movimiento no es la única que hay, está también la "praxis perfecta" (Aristóteles, Metafísica, libro IX), que es aquella que no concluye, porque no se puede decir que solamente sucede cuando ha concluido: "uno ve y al mismo tiempo ha visto, piensa y ha pensado, entiende y ha entendido". A diferencia de construir una casa, pues esa acción solamente concluye cuando la casa está hecha, el pensar o el amar no finalizan pues se ha pensado cuando se está pensando y se ha amado cuando se está amando.

Pero las acciones que pueblan nuestra vida cotidiana y que nos hacen vivirla en movimiento constante persiguiendo esto y aquello, y luego esto y aquello y todavía aquello más, son acciones volcadas hacia fuera, numerables y que generan productos también numerables.

Pensar, simplemente pensar. O bien mirar por la ventana, simplemente mirar.
No pensar para algo o en algo. No mirar para contemplar el paisaje y obtener regocijo.
Pensar sin más, mirar sin más.
Eso sería detenerse.
Estar, simplemente estar.
Eso sería detenerse.

Pero no es posible. No hallo la forma de detenerme. Aun cuando con la pandemia parecería que estaba allí la oportunidad única de parar.

La academia ha sido implacable y acrítica. En ningún momento se ha tratado de que nos detengamos. No. Se ha buscado, por el contrario, la producción ingente aunque ahora en formato digital. Textos de difusión, reflexiones de ocasión, entrevistas, artículos, programas de radio, proyectos de investigación, conversatorios, seminarios, jornadas, coloquios, congresos… Y todavía más cosas de extraños nombres y aun de peor traducción (webinars ja, ja). Horas y horas de contenidos teóricos en línea producidos en los últimos meses: podcasts, canales de YouTube, IGTV, grabaciones de Zoom. Muchos formatos multiplicados. No, nunca se ha tratado de parar. Un giro indicado, forzado: ahora hay que hacerlo por Zoom. ¿Hacer qué?

Grabar los contenidos de las clases. Dicen. Hacer contenidos digitales. Dicen. Con esquemas, dibujos, viñetas, imágenes en movimiento. Dicen.

Me siento abrumada.

¿Cuántas más horas enfrente de la computadora, en línea puede una estar?
No puedo parar. Nadie puede detenerse.
Quise decir que no, pero, como siempre, no hubo condiciones para el no.
Migrar el congreso a formato digital. Con todo y la diferencia horaria de tres continentes.
¿Para qué?

He participado con mirada curiosa y obsesiva en actividades digitales que gracias al internet nos permiten trabajar con nuestras amigas y colegas en otras partes del mundo. Ya no hay distancias. Ahora sí estamos todas juntas. Nos movemos tan rápido que el mundo se nos hace cada vez más pequeñito.

Y he visto talleres en línea de arte-ciencia con estudiantes y docentes conectados a la pantalla aprendiendo técnicas de todo tipo para intervenir la materia (viva); he visto performances ejecutados desde las salas de las casas y grabados con celulares y computadoras; he visto pláticas y conferencias donde la gente habla teniendo de fondo sus hermosos libreros repletos de libros verdaderos; he visto la ópera del Met usando audífonos; he visto… Ahora mismo en mi navegador me debato entre escuchar un debate feminista en IG o un podcast sobre la pandemia y el encierro producido por el Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM.

(Fear of missing out).
Al menos antes podía decir que no asistía a esto y aquello porque no tenía tiempo, porque esta ciudad (de México) no deja tiempo para nada. Ahora el límite ya no es la ciudad, sus calles atestadas, el tránsito.

Ahora todo está disponible en línea simultáneamente.
Es una pesadilla persecutoria porque todo está ahí al alcance del clic y del poder de la banda ancha.

¿Cuántas inauguraciones en espacios museísticos virtuales en las últimas semanas? Desde galerías independientes hasta los principales museos del mundo aparecen en un pop-up inacallable decenas, cientos, miles de obras artísticas en una esfera cultural que ahora se ha hecho global porque lo puedes ver en línea. Todo está ahí. Todo.

Y no solo lo de antaño, sino también todo lo que se está produciendo ahora para hablar de la pandemia. Porque hay que hacer algo. Acción. Movimiento. Producción.
Sí, yo también hago algo. Mucho. Y no he parado desde que todo esto empezó.
Y yo solo quería detenerme.

Aprovechar el confinamiento para simplemente estar.
Pero no es posible.
Todo sigue pasando. Incluso más rápido. Más al alcance. Más inmediato. Más.
Yo solo quería detenerme.

Pero no voy a poder.

Sobre la AutorA

María Antonia González Valerio María Antonia González Valerio. Filósofa y profesora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Trabaja dentro de la línea de investigación de ontología-estética y dentro de la línea interdisciplinaria de artes, ciencias y humanidades, específicamente en el terreno del arte que utiliza biomedios. Directora del grupo de investigación y creación Arte+Ciencia (Partir del pensamiento inmanente) que reúne artistas, humanistas y científicas/os para trabajar interdisciplinariamente produciendo docencia a nivel posgrado, investigación teórica especializada, difusión, creación artística y exhibiciones. Autora de los libros: Cabe los límites. Escritos sobre filosofía natural desde la ontología estética (México: UNAM/Herder, 2016), Un tratado de ficción (México: Herder, 2010) y El arte develado (México: Herder, 2005).

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