Máscara contra cabellera

por Laura Martínez Alarcón

2 de julio, 2020


¡Pelearáááán 10 rounds! En esta esquina, el actual líder celestial, amo del cosmos y rey del sol… ¡Tonatiuh! (ovación del respetable público). En esta otra, el padre del agua y de la tierra, el campeón de los relámpagos y la lluvia… ¡Tláloc! (la concurrencia aplaude con enjundia). El universo convertido en arena de lucha libre. Comienza la función.

Seis de la tarde. Ciudad de México. Avenida Reforma, Ángel de la Independencia - Glorieta de la Diana. Trescientos cincuenta metros que me parecen eternos. Miro al cielo y éste se desploma.


La lluvia en México siempre avisa. Un sonoro CATAPLUM desgarra los nubarrones negros y amenazantes que se han ido formando desde el mediodía. ¿Por qué siempre llueve por la tarde en la ciudad de México y no por la mañana? No tengo la menor idea. Un segundo CATAPLUM lanza enormes goterones de H2O y no sé cuántos elementos ácidos más. A dos mil cuatrocientos metros sobre el nivel del mar, los chaparrones no pueden ser finos, ya lo dice su nombre CHA-PA-RRÓN. No son como los aguaceros del trópico que se pasean por el follaje de las palmeras y el color de las bugambilias. Tampoco es una llovizna civilizada, como la de Londres, tan puntual y elegante que nos invita a lucir el Burberry´s a juego con el paraguas de puño de madera. No. Aquí cae de sopetón, inunda calles y pasos a desnivel; empapa transeúntes y cala hasta los huesos.

 

¿Por qué la gente se apendeja cuando cae la primera gota de agua? Es la pregunta del millón. Recorrer cien metros en tardes como ésta puede ocupar cuarenta minutos. A mi lado derecho, un hombre de mediana edad decide apagar el coche —con lo cara que está la gasolina, ¡para que gastarla en este caos!—, se afloja el nudo de la corbata, suelta el primer botón de la camisa y enciende un cigarrillo; acomodándose en el asiento de su BMW, prefiere cerrar los ojos e imaginar que ya está en casa. De algo le han servido los cursos de meditación ZEN del mejor SPA de Valle de Bravo. A mi izquierda, en una camioneta roja que parece calentarse, una joven madre, agobiada por el tráfico, empieza a propinar manazos a diestra y siniestra a los tres niños que van en el asiento de atrás. Niños también agobiados que, además, tienen hambre y ganas de hacer pipí.



Los coches no avanzan y el chubasco arrecia. Vivo en una ciudad caótica por naturaleza, mal diseñada desde el principio de los tiempos, donde los desagües vomitan agua color marrón y los coches quedan varados en mitad de la avenida por andar subestimando la profundidad del charco. Por las calles convertidas en ríos caudalosos nadan medusas en forma de bolsas de plástico y desechos orgánicos que parecen especies marinas de inquietante procedencia. Mi ciudad como acuario improvisado.

Enciendo la radio. Para mi mala suerte acaba de terminar La hora de los Beatles y empieza el noticiero de las 18:30. ¡Ha pasado media hora y yo sigo en el mismo lugar! ¿Por qué los locutores que dan el pronóstico del tiempo son tan cursis? «Una fuerte precipitación pluvial está afectando el centro del Valle de México». ¿Precipitación pluvial? ¡No, güey, esto es el pinche diluvio universal! Cómo serán las tormentas en México que hasta los aztecas veneraban a un dios dedicado única y exclusivamente a la lluvia. Y esta tarde, Tláloc sacó el cuchillo de obsidiana y se puso a destripar nubes, abriéndolas en canal y anegando la ciudad.



En veinte minutos adelanto veinte metros. ¿Por qué será que siempre que diluvia me acuerdo de Armando Manzanero?Habiendo canciones tan bonitas, como aquella de Serrat («Llueve, detrás de los cristales, llueve y llueve»), tengo que acordarme de, «Esta tarde vi llover, vi gente correr y no estabas tú…tututututu». ¡La neta, qué cursis somos los mexicanos! Se me acaba el repertorio musical y esto no avanza ni madres. ¿Será que nos quedaremos a vivir aquí, durante meses, como en el cuento de Cortázar? O, ¿es que la tromba durará cuatro años, once meses y dos días como en Macondo?

Creo que ahora sí ya falta menos para llegar al cruce y liberarme de este atasco que seguramente me llevará a otros cinco más. ¿Por qué será que cuando llueve los policías de tránsito desaparecen? Tengo una teoría: la lluvia ácida los desintegra.
 
Ya se ven los vendedores ambulantes. En cuanto se pone el semáforo en rojo, salen disparados a ofrecer su mercancía. La gordita con su canasta de dulces y alegrías —sólo en México hay una golosina que se llama así, alegría—, el güero de overol y sombrero tejano con sus quesos menonitas, y el chavo del periódico de la tarde, enfundado en su chamarra de colores chillones «pa’ que no me atropellen, señito», me dijo un día. De todos ellos, el que más pena me da es Ramiro, el niño que hace malabares con sus hermanos, y que de grande quiere ser bombero.

Estoy a dos coches de la Diana. Ya sólo se oye el chipichipi de cuando amaina, la llovizna que nos moja cuando salimos a la calle y nos hace dudar entre abrir o no el paraguas. «Chipichipi», ¡qué bonita palabra! Igual que «chingaquedito», esa manera de describir a quien insiste o molesta hasta el hartazgo, igual que la lluvia de esta tarde. Hermosas palabras que dejan de hacernos gracia cuando pasan semanas y meses y la ropa sigue húmeda y los zapatos cubiertos de barro.

¡Tláloc, por lo que más quieras, apiádate de nosotros!


Miro al cielo y un trocito azul aparece entre el nuberío. Y otro, y otro, y otro más. Parece que el Sol Tonatiuh pretende disputarle el final de la tarde al mismísimo dios de la lluvia. Me gana la risa nomás de imaginar al par de soberbios en su eterno tira-y-afloja, en su función de lucha libre celestial que a los simples mortales nos dejará de propina una tarde con el aire más diáfano, los ahuehuetes más verdes y un intenso y divino olor a tierra mojada.


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