Patientia nostra

por Laura Martínez Alarcón

2 de junio, 2020


Cada mañana, al bajar del autobús 85 en la parada Colisseum, Marco Aurelio Lupo, vigilante en las obras del metro romano y arqueólogo por vocación, soltaba con voz de trueno la célebre frase de Cicerón, "¿Hasta cuándo abusarás de nuestra paciencia?”. La repetía como un mantra e iba subiendo de tono conforme se topaba con las decenas de turistas que intentaban subir o bajar del bus, desplegaban sus mapas en busca de algún monumento estorbando el paso de los peatones o, peor aún, se detenían de improviso para hacerse una selfie con la majestuosa estructura del Coliseo de fondo. ¡Oh, cuántas vidas se habían dejado en este espléndido edificio para que ahora sirviera de mera escenografía!


Quo usque tandem abutere patientia nostra?, soltaba a diestra y siniestra ante la mirada atónita de los paseantes. Abriéndose paso a codazos, Lupo tardaba un buen rato en sortear turbas, adelantar grupos de excursionistas que hablaban lenguas extrañas y soltar insultos en latín hasta llegar a la discreta entrada que lo conducía a su puesto de trabajo. Un humilde y mal pagado trabajo que, sin embargo, para él, que amaba la historia de su ciudad por sobre todas las cosas, era lo mejor que le había pasado en sus cuarenta y cuatro años de vida. Cuando se enteró de que el ayuntamiento estaba contratando personal de vigilancia para las colosales obras de construcción de la línea C, pasó por alto las pésimas condiciones laborales, la lluvia, el frío y hasta el terrible sol de verano. Para él, estar cerca de la memoria de Roma, tocar cada mañana el mármol de los monumentos del foro, andar por las mismas piedras que sus antepasados habían pisado a lo largo de la Vía Sacra, o imaginar las extravagancias de la Domus Aurea de Nerón, todo aquello era un sueño hecho realidad. Por eso, no le importaba ser el encargado de evitar que algún listillo o despistado ingresase en la zona. Y si esto llegaba a ocurrir, la furia divina se apoderaba del hombrecillo —flaco como un bucatini y pequeño como un gnocchi— que se transformaba en el mismísimo Júpiter. Solo había que ver con qué pasión cuidaba su territorio; tanto era así que sus compañeros se reían de él llamándolo Espartaco. Él sonreía, encajaba bien las burlas porque en el fondo de su corazón estaba convencido de que por su sangre corría el gen de algún famoso gladiador. Siempre se lo había dicho su madre. Y ya sabemos que las mammas italianas son como son.


Para Lupo, esto del turismo masivo era una pesadilla. Un día sí y otro también, justo cuando sacaba la escoba para comenzar a barrer la entrada de su humilde oficina —y, de paso, espantar a los turistas que se enfilaban a las taquillas del foro—, llegaba un par de autobuses llenos de norteamericanos que a todo decían fantastic, oh, my God! “Siempre estorban, sonríen bobamente, visten unas horribles camisas floreadas más propias de los Beach Boys, se abanican con sus sombreros de cowboy… ¡son una pesadilla!”, exclamaba furibundo. Últimamente, los detestaba aún más porque, según él, eran unos invasores ignorantes, muy parecidos a las tribus bárbaras que destruyeron el imperio romano. “¡Fuera de aquí!”, bramaba lanzando maldiciones mientras su pequeña figura barría con ímpetu levantando un tornado de porquería que le hacía toser como un poseído.


La madrugada que marcó su destino, empezó brumosa, igual que su estado de ánimo. Había pasado una mala noche y ni con paños de agua fría su madre le había podido bajar la fiebre que lo aquejaba desde hacía días. Se sentía cansado y, para colmo, le tocaba el último turno de la noche. Una tos pertinaz y seca aparecía y desaparecía, cada vez con más frecuencia, por los dominios de su garganta. Mientras hacía su habitual ronda de inspección, Lupo escuchó un ruido. No era el crujido habitual causado por los numerosos gatos que habitaban el recinto histórico, ni tampoco se trataba del zumbido que generaba el viento al pasearse por las ruinas de otros tiempos. No. Esta vez era una especie de lamento que provenía de las columnas del santuario de Cástor y Pólux. A su mente, un tanto delirante, vinieron las imágenes de la antigua leyenda del dragón que habitaba en ese recinto y cuyo mortífero aliento mataba a todo aquel que osara acercarse. Menos mal que el Papa Silvestre I había matado a la fiera con un simple hilo de seda. ¡Lo que puede hacer la imaginación en tiempos de canícula! Entonces, pensó, no podía tratarse de un temible monstruo, aunque el olor que embargaba aquel rincón era repugnante. Un segundo después, escuchó otro gemido más fuerte. La serenidad desapareció del rostro de Lupo que empezó a sudar a chorros y a buscar torpemente la cachiporra que llevaba por arma… ¡como para enfrentarse a dragones!


Una súbita tensión en el pecho le quitó el aliento, no podía respirar. Era como traer un gorila colgado en la espalda, recordaría más tarde. Entonces, al pie de la columna central, encontró el cuerpo maltrecho de un gladiador. Lo primero que vino a su mente fue la farsa de los numerosos payasos que se disfrazaban de guerreros romanos para deleite de los turistas; esto, desde luego, le cayó como una patada en el hígado. Lupo los odiaba. Le parecía que empañaban el prestigio de aquellos valientes hombres usurpando su inconmensurable valor con una falsa espada y un gorro de latón; algunos hasta calzaban zapatillas deportivas. ¡Toda una afrenta a la memoria de Roma!


Pero éste era diferente. Con suma cautela se acercó y lo primero que se le ocurrió decir fue, “¡Ave César!”. El hombre balbuceó un saludo en latín e intentó incorporarse pero fue en vano. De una pequeña alforja atada a una especie de cinturón, sacó un trozo de pergamino que rezaba: “Prisco, esclavo, hombre libre y gladiador del imperio romano”. Enseguida se percató de que no estaba hablando con un farsante, sino con uno de los más grandes guerreros del mundo, el galo Prisco que, junto a su amigo Vero, había protagonizado la lucha mejor documentada de la Roma Antigua. Por su mente enfebrecida, surgió el dato preciso de haber sido el último combate de ambos, en el primer siglo d.C. y durante la inauguración del Amphitheatrum Flavium, es decir, del Coliseo Romano. Nada más y nada menos. Como si el vigilante hubiera sido testigo presencial de aquellos días, acudieron las imágenes de la célebre pelea que se extendió durante horas. Fue tan vigorosa y pareja que ambos gladiadores se rindieron uno ante el otro, al mismo tiempo, bajando sus espadas en señal de respeto mutuo. Marco Aurelio Lupo estaba embelesado.

 

— ¡No me lo puedo creer! ¿Prisco, el gran y valeroso Prisco? Pero, ¿cómo es que usted está aquí?
— Si no le importa, joven amigo, ayúdeme a sentarme en aquella piedra… ¡ay, qué dolor! Sí, ese soy yo… aunque ahora no lo parezca. Es que usted no se imagina la de ministerios del tiempo que mi cuerpo físico ha debido cruzar para llegar hasta aquí. ¡Ay, ay, ay… cómo duele!
— ¿Necesita algo? ¿Puedo darle un poco de agua? Aquí tengo un trozo de bocatini de paté… no es mucho… algo es algo.
— ¿No tendrá usted un poco de vino? ¡Agua, más bien poca!

Pasaron unos minutos y mientras el augusto personaje degustaba el bocadillo y parecía recuperar la energía, Lupo lo observaba de soslayo, más emocionado que desconcertado, hasta que se atrevió a preguntar:
— Perdone mi curiosidad pero… ¿qué hace usted aquí? ¿Es acaso un enviado divino que viene a entregarnos algún mensaje de los dioses?
— No, amigo, he sido elegido por las almas errantes de mis compañeros de armas para poner un hasta aquí a las hordas invasoras que están desembarcando cada vez más en estas tierras. ¡Es ya insostenible el gentío que inunda estas avenidas! ¡Es im-po-si-ble dormir en nuestros bien ganados laureles! Y yo tengo la misión de encontrar una estrategia para que esta muchedumbre nos deje en paz.

Como en una nebulosa, Marco Aurelio recordaría también haber escuchado un ruido seco, como la caída de un fardo, los gritos de un hombre y las luces de una ambulancia. En ese entrar y salir de un duermevela asfixiante, el guardia registró igualmente los siguientes acontecimientos, opacados, tal vez, por la turbiedad de un subconsciente destemplado: la noticia en primera plana de todos los diarios de Roma, “Desaparece una pareja de turistas rusos en las inmediaciones del Foro”. Días más tarde, una familia canadiense y un grupo de estudiantes proveniente de la India se esfuman sin dejar rastro; la siguiente semana, una excursión de doscientos cincuenta trabajadores de una empresa china. La policía no sabe qué hacer. No existen señales de violencia, objetos abandonados, testigos. Nada. Simple y sencillamente se han volatilizado. La televisión italiana y la del mundo entero difunden las noticias aderezándolas con las abundantes fotografías que los desaparecidos han subido a sus redes sociales. El gobierno no tiene explicaciones y solo atina a reforzar permanentemente la presencia policial y militar en las inmediaciones de todos los vestigios arqueológicos de la ciudad y del país. La única explicación que ofrecen las autoridades es la posible vinculación con un grupo terrorista que, aparentemente y según datos de Scotland Yard, pretende llevar a cabo una serie de atentados en las ciudades más turísticas de Europa. Lo insólito del caso es que todas y cada una de las víctimas contrataron los servicios de una agencia sin escrúpulos que les prometió recorrer las grandes capitales europeas en tan solo ocho días. La policía sospecha de una banda albano-kosovar dedicada al secuestro y la extorsión. “El mundo entero está conmocionado”, creyó escuchar entre sueños.


Una semana después, Marco Aurelio Lupo despertó en la unidad de cuidados intensivos y reanimación del hospital Policlínico Umberto I de Roma. Al abrir los ojos no supo dónde estaba. Una enfermera vestida del blanco más impoluto, cubierta de la cabeza a los pies, y con una escafandra de cristal, le informó de su estado y le dio la enhorabuena por haber vencido al terrible virus que seguía asolando a Italia. “¿Virus, de qué virus me habla esta mujer?”, quiso saber, pero se dio cuenta de que no podía hablar porque estaba conectado a un respirador. Como in crescendo, empezó a escuchar voces, pitidos de aparatos, respiraciones agitadas, lamentos de otros enfermos. Pensó inmediatamente en su madre. Lo invadió la ansiedad.


Médicos y sanitarios iban y venían por la sala atestada de pacientes. Cada determinado tiempo, entraban y salían del pequeño cubículo que ocupaba para tomarle la temperatura, sacarle sangre, verificar sus signos vitales. Creyó estar viviendo una pesadilla entre aquellas figuras fantasmales armadas con doble bata, doble guante, doble cubre-boca. Algunos parecían agotados, a punto del desmayo.


Un médico, cuyo único rasgo humano podía distinguirse a través de la extraña mascarilla transparente, se acercó para decirle que debía permanecer “aislado del mundo” —fue su expresión— durante, por lo menos, quince días más. La mirada amable de este buen hombre lo tranquilizó porque le resultaba vagamente familiar. Marco Aurelio Lupo cerró los ojos y pensó otra vez en su mamma. ¿Sabría de su estado? ¿Había ido a verle? ¿Estaría tan enferma como él? Tenía que despejar todas estas dudas, pero ¿cuándo y cómo podría comunicarlas? ¿A quién podría transmitirlas?


Poco a poco, Lupo se fue habituando a su nueva condición de cautivo en un mundo extraño. Sin queja alguna, se dejaba administrar ingentes cócteles de medicamentos que incluían antivirales contra la malaria y el sida e antiinflamatorios para la artritis; con una gran hombría, digna de un gladiador, se dejaba aguijonear la arteria radial hasta dos veces al día para aplicarle la dolorosa terapia de oxígeno. Era una tortura más sofisticada aún que la crucifixión en tiempos de la antigua Roma, pensaba.


El momento más duro era la llegada de la noche. De temperamento ya de por si inquieto, Marco Aurelio no podía dormir y, cuando lograba conciliar el sueño, llegaban las pesadillas y rondaba la muerte. En lugar de contar ovejas, contaba las inhalaciones y exhalaciones del vecino de al lado, un joven que se había contagiado en la estación de esquí de Cortina d’Ampezzo. Durante la quincena que estuvo internado en la UCI, lo cambiaron un par de veces de pabellón: primero estuvo con un anciano muy grave que murió en la más absoluta soledad; luego, con un modista lleno de tatuajes que prometió grabarse la palabra "COVID-19 FIN" si salía vivo de esta experiencia.


Iba sorteando la reclusión como mejor podía, pero algunas veces, cuando la angustia de morir se presentaba sin previo aviso, sentía sobre su pequeño tórax el peso de una placa de hormigón, la presencia de agujas clavadas en el pecho.


El médico de la mirada amable se había convertido en su “nuevo mejor amigo”. Era quien le iba proporcionando novedades de su estado, noticias de la mamma, esperanzas de un pronto traslado a otro hospital, y, si todo iba como esperaban, la posibilidad de dejarlo ir a casa donde terminaría el tratamiento. En su fuero más interno, Lupo no quería irse de ahí, se sentía protegido.


La mañana en que sería dado de alta, tuvo una recaída. La fiebre escaló varios grados y la dificultad para respirar se acentuó. Tuvo miedo, mucho miedo. La incontrolable temperatura lo hacía delirar y creía oír gritos de júbilo de una multitud extasiada. Cerró los ojos y vio al emperador Tito recompensando a Prisco y a Vero con la rudis, la espada de madera que representaba la libertad de un gladiador. Los dos amigos y contendientes, que habían entrado al Coliseo como esclavos, salían de allí victoriosos y libres, un hecho que no volvería a repetirse en toda la historia de este lugar.


Lupo convulsionaba, se resistía, no quería abandonar la arena, que era su vida, sin mirar a los ojos de su amigo el médico, no quería morir solo, no quería irse sin un adiós. En el último minuto de su existencia, Marco Aurelio Lupo, soltero de cuarenta y cuatro años, vigilante de las obras del metro romano y arqueólogo por vocación, sintió la calidez de una mano áspera, firme, recia, una mano de verdad, de carne, de huesos y cartílagos, que apretaba la suya insuflándole paz y compañía.

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