De virus y fronteras

por Edgardo Bermejo

16 de mayo, 2020

La gran paradoja que se nos presenta ante la pandemia del coronavirus tiene que ver con las fronteras, la migración y la globalización.


Mientras que el virus traspasó su habitual frontera entre la especie animal en la que solía alojarse –probablemente los murciélagos– para migrar al cuerpo humano, mutar,  y adaptarse a un nuevo territorio biológico en su afán por sobrevivir y multiplicarse, los seres humanos vivimos todavía en el siglo XXI bajo un sistema de fronteras y nacionalidades que al virus le tienen absolutamente sin cuidado. El virus no requiere pasaporte o visa para migrar, no reconoce aranceles, nacionalismos, o muros fronterizos, nosotros sí.

 

         Nuestras fronteras no son las suyas, está claro. Nuestras maneras tradicionales de reconocernos en diferentes nacionalidades, clases sociales o grupos étnicos son irrelevantes para la pandemia.


         Cerramos fronteras para enfrentarlo, paralizamos al mundo en el intento por contenerlo, no lo hemos logrado hasta ahora. El virus migra, muta y se adapta, nosotros no.
Frente a la amenaza creciente, pasamos a cerrar la otra frontera que nos distingue como sociedades: la casa, la íntima república de la vida doméstica y privada, pero tampoco ésta es una frontera que al virus pueda detener por decreto.


         Intentamos ahora aislarnos frente a su amenaza, cerrarle las puertas de países, ciudades, barrios y viviendas –nuestra última frontera. Muy probablemente lograremos con esto contenerlo y eventualmente derrotarlo –como ha ocurrido en China– pero su afán migratorio ya afectó al rostro entero del planeta como no se había visto en cien años.


         En el siglo XIV, a la bacteria responsable de la peste negra que se cargó al menos con un tercio de la población de Europa y Asia, le tomó por lo menos diez años para expandirse por dos continentes. Viajaba lenta, como lentas y precarias eran las comunicaciones humanas en las postrimerías de la edad media.


En el siglo XXI, en un mundo interconectado donde se realizan a diario cientos de miles de desplazamientos humanos por cielo, mar y tierra, en un planeta conectado por miles de rutas áreas,  carreteras, puentes o túneles capaces de cruzar océanos, el coronavirus se expandió por todo el planeta en menos de tres meses. Pagamos de esta manera el costo de nuestra globalización.


         Pero también, hay que decirlo, nos beneficiamos de ella y de los avances científicos de la humanidad. En menos de dos semanas la ciencia médica nos permitió identificar al nuevo intruso, como también nos permite ahora hacer algo que en la edad media era inimaginable: saber quién lo porta y quién no; acudir a la medicina y a las acciones de gobierno para disminuir su letalidad; informarnos de la amenaza y tomar las previsiones del caso con una velocidad y una certeza que desconocieron los 25 millones de personas que murieron a consecuencia de la peste negra hace menos de mil años. “El señor es mi Pasteur”, decía con gran tino un meme que circuló por estos días”.


Las ratas y las pulgas, al convivir con los humanos, fueron el principal agente transmisor de la peste bubónica, siete siglos después es de nuevo la frontera vulnerada entre los humanos y otras especies del reino animal la que ha provocado el estropicio. 


         Al intentar aislarnos y decretar una cuarentena que ya se antoja planetaria, al observar las calles vacías, la actividad económica paralizada, la vida entera de cientos de millones de seres humanos que ha tenido que modificarse o está por hacerlo, intentamos dar reversa temporal a la sociedad mega globalizada y ultra dinámica  en la que nos convertimos, es decir, esbozamos con este intento un nuevo paisaje para la humanidad que se asemeja al del medioevo, un ensimismamiento sin precedentes en la edad moderna, un regreso a las formas de organización y sobrevivencia del pasado. 


         Nueva paradoja: lo que a los pobladores de la edad media hacia vulnerables, esto es, su aislamiento, su incomunicación, es ahora lo que nos podría escudar frente al nuevo enemigo microscópico. Ensayaremos pues en las próximas semanas un ejercicio masivo que habrá de parecerse a una nueva edad media para la humanidad del siglo XXI.


         Y la revolución digital, de la que tanto hemos hablado en las últimas dos décadas, habrá dado entonces un nuevo salto. En esta  situación nos veremos beneficiados como nunca antes de la tecnología y sus alcances:  lo virtual que deviene real, la sana distancia del internet.  Cientos de millones de seres humanos aislados del resto del mundo por algunas semanas, pero conectados de una y mil formas a través de las redes. La pandemia del coronavirus es, a fin de cuentas, nuestra nueva distopía. La era digital para la amenaza viral.

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