Vita [in] Activa

o de las premoniciones de Hanna Arendt

 

Lucien Freud detalle.

por Gabriela Galindo

28 de abril, 2020

En uno de esos ratos en que, en esta cuarentena, buscaba entre mis libros algo que le diera un poco de sentido a mi desánimo, me topé con el espléndido ensayo de Hanna Arendt sobre la condición humana*. En una rápida relectura de este texto que habré leído hace ya muchos años, me deslumbró descubrir una serie de reflexiones, casi premonitorias, que me hicieron pensar esta pandemia de un modo diferente.


Arendt propone que las tres actividades fundamentales del ser humano son: labor, trabajo y acción. La primera entendida como la labor que atiende nuestras necesidades biológicas, el trabajo como aquello no natural que desarrollamos al rededor del mundo de las cosas, es decir, fuera de la naturaleza y la acción como aquella actividad que se da entre los hombres sin la intermediación de cosas o materia, como lo que relaciona a los seres humanos entre sí.


La relación de estas tres actividades aseguran, por una parte, la supervivencia individual y, por ende, como especie, proporcionan una satisfacción en términos de desarrollo personal y comunitario, así como el establecimiento y preservación de los cuerpos políticos. De ahí que sugiere que somos seres condicionados, ya que todas las cosas con las que entramos en contacto se convierten de inmediato en una condición de nuestra existencia.


Arendt imaginó que el cambio más radical que se podía pensar, algo que alteraría por completo estas tres actividades, sería que todos los humanos emigraran a un planeta distinto. Pero, lo que está sucediendo en estos tiempos del Covid-19, nos deja ver que no fue necesario abandonar el planeta Tierra, sino que bastaba con que todos los humanos se encerrasen en su casa para dar cabida a la suspensión de estas tres actividades fundamentales que nos hacen humanos.


Hemos suspendido todo contacto humano, el trabajo se ha detenido y atendemos sólo nuestras necesidades más básicas confinados en unos cuantos metros cuadrados. Tal como lo pensó Arendt, pero no en el espacio exterior, sino aquí mismo en nuestro planeta azul, no puede haber vita activa cuando: ni labor, ni trabajo, ni acción, ni pensamiento, tienen sentido tal como los conocemos.


El alto obligado por la cuarentena, a la cotidianidad conocida, nos confronta de manera abrupta con la condición más básica de la existencia humana, esto es, la consciencia nuestra propia existencia y el reconocimiento de que somos seres mortales. Pero el miedo a la muerte se nos presenta ya no como una condición natural que deviene después de una existencia, idealmente plena, sino como un destino fatal producto de una especie de maldición o castigo. El terror de la pandemia sugiere la posibilidad de morir “antes de tiempo”, es decir, antes de lograr el ideal de producir cosas y reproducirse a sí mismo. Morir antes de tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro que sería, en términos populares, parecido a lo que Arendt propone como las tres actividades básicas del ser humano: labor, trabajo y acción.


Si a esto le añadimos el factor de que todas las actividades humanas están condicionadas por el hecho de que los hombres viven juntos, reconoceremos los elementos esenciales de por qué, el cancelar todas nuestras actividades sociales, nos ha afectado de manera tan profunda. El mundo de lo absolutamente privado, según Arendt, es justamente aquello que está privado de algo. “La privación de lo privado radica en la ausencia de los demás; hasta donde concierne a los otros, el hombre privado no aparece y, por lo tanto, es como si no existiera.” En este sentido, la carencia de relaciones con los otros y por la necesidad de vernos reflejados en ellos, es el origen del sentimiento de soledad más extremo.


La esfera de lo público se ha convertido en un espacio prohibido, pero además, nos hemos visto obligados a hacer públicos nuestros espacios privados, aunque sea por medio de pantallas y computadoras. Nos reunimos con nuestros colegas y compañeros de trabajo desde la intimidad de nuestros hogares, lugares que, anteriormente, sólo compartíamos con nuestra familia o los más cercanos y, al mismo tiempo, nuestras actividades laborales y sociales las desarrollamos inmersos en la intimidad de la vida familiar.


Es como si todas nuestras actividades, que antes tenían cada una su espacio y tiempo, se han mezclado en una gran olla y nuestra vida cotidiana está convertida en un potaje hecho de trabajo, cocinar, juntas laborales, lavar platos y reuniones por Zoom, todo mezclado y revuelto. Nuestros horarios están quebrados, comemos a deshoras, dormimos con la inquietud del miedo, encerrados en la subjetividad de nuestra existencia aislada, privada de libertad y privada de lo privado. Sin embargo, sabemos que esto no es permanente, sabemos que en unas cuantas semanas se irán levantando las restricciones, saldremos a la calle y abrazaremos a nuestras familias. Aún así, es evidente un sentimiento de desánimo y preocupación comunes. Posiblemente una de las cosas que nos tiene más desconcertados es la incertidumbre, el no saber bien a bien, qué va a pasar después, o cómo nos vamos a levantar de esta.


Muchos de nosotros nos encontramos en una situación en la que, literalmente, nos estamos obligando a nosotros mismo a trabajar, a producir y permanecer activos, a estudiar, tomar clases de lo que sea, hacer dieta, hacer ejercicio, todo virtual, todo en pantallas, supuestamente para sobrellevar mejor el aislamiento; pero quizá, es más bien un momento en que deberíamos hacer una pausa, detenerlo todo y permitirnos estar en la in-actividad.


Por ello, retomo para cerrar esta nota entintada de melancolía, una cita de Catón con la que justamente Arendt termina su ensayo: “Nunca está nadie más activo que cuando no hace nada, nunca está menos solo que cuando está consigo mismo».

 

* Hanna Arendt, La condición humana, Buenos Aires, Paidós, 2003.

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