10 viñetas de la pandemia

por Edgardo Bermejo

16 de abril, 2020

“Los curiosos acontecimientos que constituyen el tema de esta crónica se produjeron en el año 194...”. Así empieza la novela La Peste de Albert Camus que me sirve esta semana para compartir diez viñetas de los “curiosos acontecimientos” que vivimos en esos días.


1


En julio de 1989 asistí en París al concierto que celebró el bicentenario de la Revolución Francesa y la inauguración del Arco de la Defensa. Ahí escuché por primera vez al saxofonista de Camerún Manu Dibango.
Fue la noche del 19 de julio, cinco después del gran festejo. Escucharlo fue mi primer descubrimiento de la música africana y de lo que culturalmente representa para el mundo la francofonía. La maestría y la alegría con la que Manu Dibango tocaba el saxofón, a la cabeza de una gran orquesta con músicos de diversas nacionalidades, resumían la historia del jazz y de los ritmos africanos en un verdadero diálogo de las culturas y las civilizaciones.
Esa noche, entre música, pirotécnica y discursos tomaron la palabra, entre otros, Adolfo Pérez Esquivel, el diplomático argentino premio Nobel de la Paz,  la escritora chilena Isabel Allende, y el primer ministro socialista Michel Rocard. El mundo entero festejaba el nacimiento de nuestra democracia moderna con la inauguración de un nuevo Arco del Triunfo de extraordinaria factura.
Me recuerdo ahora caminando de regreso del concierto con algunos de mis amigos que me alcanzaron en aquel viaje, Antonio Tenorio, Boris Berenzon y Eduardo Ramírez. Caminamos juntos por Paris, éramos jóvenes e indocumentados en aquel verano francés de nuestras utopías. Cuatro meses después cayó el muro de Berlín
Otros muros se nos han caído desde entonces y aquí seguimos. El pasado miércoles, con 86 años de edad, Manu Dibango murió en consecuencia del coronavirus en París.

 

2


Un folleto publicado en la ciudad de Puebla para hacer frente a la epidemia del cólera morbus que azotó a al país en 1833, menciona la importancia de mantener la calma, de desoír rumores y pide la colaboración de los “influencers” de entonces
“Se deberá procurar la mayor tranquilidad del espíritu, no dejándose imponer por las relaciones exageradas de los estragos de la epidemia (...) que hiriendo fuertemente la fantasía predisponen de un modo notable a contraer la enfermedad. Por eso se encarga a las personas de respeto e influencia que eviten cuanto esté a su alcance que circulen estas funestas noticias”.

 

3


Hace 10 años el poeta y ensayista mexicano Armando González Torres publicó en El Tucán de Virginia un volumen de poesía y prosas titulado La Peste, del que extraigo un fragmento que aparece en la segunda sección del libro: “De cómo la ciudad fue invadida por la peste y, con ello, sus pensamientos, sus costumbres y leyes”.


El temeroso
“Para ser un ermitaño no hay que abandonar la urbe, sólo hay que repudiarla. Él lleva muchos años de retiro en su austero departamento, lleno de libros en los que escudriña una verdad esquiva. Se alimenta frugalmente, toma notas y se enorgullece de que hace años no recibe una visita, ni contesta una llamada. Cierto, a veces lo acosas las tentaciones y se solaza con imágenes que después le parecen frívolas y abominables, como, por ejemplo, convertirse en el centro de una reunión, contar chistes en una cantina o explicar ante una multitud de admiradores una idea compleja y rebuscada. Por supuesto, también extraña a las mujeres (aunque nunca fue muy afortunada en lides amorosas) y suele complacerse espiando a las vecinas. A menudo (por temor a que lo descubran) se conforma con escuchar sus pasos, con ese oído experto en descifrar el ruido de los tacones: he aquí -adivina- la de pesadas y hermosas pantorrillas que habita en el 104 y, por allá, apenas perceptible, el paso delicado de la oriental gacela cuyo esposo es un patán y, más allá, las pisadas de fuego de esa mulata, a la que recuerda provista de fino aliño y puntiaguda nariz. Quisiera a veces salir de su escondite, arriesgarse en esa atrayente dimensión donde la gente se abraza y escupe, alaba y chismorrea, copula y se asesina, pero temeroso de contraer alguna esperanza equívoca o de esgrimir alguna dialéctica errada, apegado a esa vocación que ya no recuerde cómo ni por qué eligió, decide permanecer en su morada, pues -afirma para consolarse- “ni duda cabe que habitamos contagiados territorios y que enfermedades salaces se empeñan en infatuar nuestros destinos”.

Hasta aquí el relato de González Torres del que extraigo una moraleja fulminante: Quédate en casa.  


4


 

Leo, inquieto, esta observación que aparece en el arranque de la famosa novela de Albert Camus:
“Al principio las medidas no eran draconianas y parecían haber sacrificado mucho al deseo de no inquietar a la opinión pública. (...) Entre ellas (...) recomendaba a los habitantes la limpieza más extremada.”
Leo también esta recomendación:
“No se trata de ver las cosas negras. Se trata de tomar precauciones.”
Y me encuentro con esta curiosidad: en la novela de Camus un médico de apellido Castel es uno de los responsables de tomar las primeras decisiones para enfrentar la epidemia. En la no novela mexicana un médico de apellido Gatell tiene la misma tarea.

 

5


No el coronavirus, en Kenia 140 plagas de langostas han puesto al país al borde de una tragedia ecológica y alimentaria. El 2020 no avanza, repta.

 

6


Es el 21 de marzo, arranque de la primavera. Camino por las calles de la colonia Nápoles de la Ciudad de México y descubro cerradas o vacías a las fondas y merenderos que en su modestia cumplen a cabalidad con un papel fundamental: alimentarlos. Las hay en diversas esquinas de mi barrio. Hoy lucen desoladas y pienso en el título de la novela de Benedetti: primavera, no con una, sino con muchas esquinas rotas.  


7

 

Duda alfonsina: ¿Evitaría la mano del comandante Aranda el gel antibacterial?


8


Frente a los días que se avecinan el otro virus, el de la polarización política del país, tendrá que ponerse en cuarentena. No hay de otra, el tema de la unidad nacional se presenta inevitable.

 

9


La pandemia no nos pone ante el “fin de la historia” de Fukuyama ni ante el “choche de civilizaciones” de Huntington, pero si ante el fin de la globalización inequitativa, como la hemos construido hasta ahora, y ante la urgencia de un nuevo pacto civilizatorio global.

 

10


 “Nuestra imagen actual” se llama uno de los cuadros más emblemáticos de David Alfaro Siqueiros, realizado en 1947. Una figura con cabeza de piedra representa los horrores de la guerra recién concluida y extiende ambas manos que ocupan el primer plano del cuadro. No sabemos si en señal de esperanza o de extravío. Esas manos extraordinarias de Siqueiros son también nuestra imagen actual, y nos recuerdan que hay que lavarlas. “No hay mas ruta que la nuestra”, sentenció alguna vez el gran artista mexicano. Reformulemos su sentencia: no hay más ruta que lavarse las manos.

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